¿Qué política económica para la Argentina?

Está abierta la interna del frente en el gobierno, nada menos que en el área de la economía. Se discute al ministro, pero especialmente la política económica, el qué hacer, con las tarifas, con la deuda y las reservas, con la inflación, la pobreza y la desigualdad. Incluso, el problema está en cómo seguir y si privilegiar la disputa del consenso de los sectores populares o acordar con el poder, en especial con el FMI. De hecho, la oposición mayoritaria, de derecha (macrista), también cuestiona la orientación, del mismo modo y en el mismo sentido que los sectores más concentrados del poder económico. Estos protestaron oportunamente por el impuesto a las grandes fortunas y obvio, pusieron el grito en el cielo y opusieron resistencia en las calles cuando reaparecieron las retenciones al comercio exterior o cuando se habló de expropiar a Vicentin.

También comienza a subir la voz de la crítica social por el impacto regresivo del ajuste sobre los ingresos populares (salarios, jubilaciones, planes sociales) en un marco de suba de precios muy alejado de la contención ilusoria del presupuesto oficial. Lo real es que el consenso popular tambalea ante expectativas no satisfechas, más aún con organizaciones sindicales y sociales que contienen la conflictividad. Es el caso de la insuficiente actualización del salario mínimo vital y móvil, muy alejado de las necesidades de ingresos adecuados, y avalado por las centrales sindicales asociadas al proyecto gobernante. Pero también en la inducción a no movilizarse a organizaciones populares que demandan alimentos o ingresos, con el argumento de la pandemia. Hay una importante presión por incrementar el “gasto covid” ante la continuidad de la emergencia sanitaria y económica.

Se trata de un debate interesante que remite a la continuidad estructural del orden económico social o a su transformación, que no solo alude a la distribución del ingreso o de la riqueza, sino a la reestructuración de las relaciones sociales de producción, afectando el régimen de propiedad de los medios de producción y del poder. La discusión trasciende las motivaciones al interior del gobierno y las oposiciones diversas, y aparece como una necesidad política social en tiempos de emergencia sanitaria, económica, incluso civilizatoria que afecta a la humanidad. Nuestro tiempo convoca a recrear expectativas por soluciones de la vida social y natural, amenazadas por el régimen de explotación y saqueo con eje en la ganancia y la acumulación para la dominación de pocas/os sobre muchas/os. Al mismo tiempo, la perspectiva debe trascender lo inmediato reivindicativo y convoca a pensar sobre lo estructural del orden económico y social.

La palabra ministerial al comienzo de la gestión era “tranquilizar la economía”, lo que suponía “arreglar” en principio el problema de la deuda pública y la concentración de vencimientos hacia el 2023. De ningún modo resolverlo, sino negociarlo, o sea, postergar los vencimientos hasta después del mandato. Un tema dificultado ahora, especialmente con el FMI, indispuesto a resignar condicionamientos y plazos de recupero de su “odioso” préstamo del 2018, nada menos que por 45.000 millones de dólares. La negociación se imaginaba para generar condiciones que contuvieran la inflación elevada y retomar la senda del crecimiento económico. Claro que no se trataba de modificar estructuralmente el modelo productivo y de desarrollo históricamente construido en las últimas décadas. Ni la inflación ni el crecimiento está resuelto, menos la satisfacción de necesidades postergadas de sectores vulnerables, que involucra a la mitad de la población.

No solo por efecto de la pandemia, la “tranquilidad” no solo se esfumó, sino que desapareció del léxico ministerial, que ahora recibe fuego de la propia trinchera oficial. Hay rebote de la economía, sí, pero insuficiente para recuperar la caída económica del 2020 y lo acumulado en tres de los cuatro años del gobierno Macri. Además, la perspectiva a futuro supone una ralentización de la evolución económica, en rigor, un diagnóstico de los organismos internacionales para la economía local, regional y mundial. Por eso preocupa la situación de pobreza que sufre la mitad de la población, agravada para los menores. No llama la atención y resulta lógico ese resultado luego de caída de los ingresos populares, la precariedad laboral incentivada por el “trabajo remoto” o “a distancia”, lo que agrava la condición laboral de pobres y especialmente de las mujeres.

Alimentos y empleo como prioridad

Es grave la evolución de los precios, especialmente sobre alimentos, motorizado por la suba de los precios internacionales de exportación, ahora del maíz, pero muy especialmente por la disputa de poder y apropiación de riqueza socialmente generada de las transnacionales que dominan el modelo productivo del agro negocio de exportación. Toda la estructura de poder es base sustancial del aumento de precios en el país. No se logra contener la voracidad del poder económico en tanto no se modifica una política que consolida un modelo de producción que inserta de manera subordinada a la Argentina en la lógica de la transnacionalización y la extranjerización. Los grandes perdedores se consolidan entre la mayoría de la población empobrecida, la que transfiere de manera recurrente ingresos a la cúpula concentrada del empresariado privado.

La necesidad política apunta a una orientación a contramano de la lógica estructural construida desde 1975/76, que explica el orden económico actual de la sociedad argentina. La deuda pública es un eje condicionante en ese sentido, por lo que, sin denunciar el carácter ilegal, ilegitimo y odioso, especialmente de aquella contraída con el FMI, será imposible superar las trabas existentes que impiden soluciones sociales extendidas. Por eso debe impulsarse la suspensión de los pagos de la deuda al tiempo que se organiza una auditoria con participación popular para dictaminar sobre la legitimidad o no de la deuda. Es una asignatura pendiente del tiempo constitucional, que nunca abordó a fondo el problema y solo atinó a postergar soluciones, y con ello, sostener una continuidad en la cancelación de intereses y capitales, restando capacidad de atender la necesidad social.

Ese es el punto de partida, y en simultáneo, se debe encarar una solución al problema del hambre, con fuentes de empleo y mecanismos autogestionarios de producción y circulación, con acceso a la tierra y a la necesaria asistencia tecnológica y financiera para modificar sustancialmente el modelo productivo. Se requieren propuestas de fondo, a contramano de una lógica económica que profundiza la desigualdad y por ello, desandar lo construido por décadas y levantar una propuesta de soberanía, alimentaria, energética, financiera, con privilegio a resolver las insatisfacciones sociales. En ese camino se debió aprovechar el vencimiento de la licitación del río Paraná, mal llamado “hidrovía”, como punta de partida de una reestructuración productiva que ponga fin a las privatizaciones de los noventa del siglo pasado y repiense el modo de producción en el país.

Se trata de revertir una lógica productiva construida en el último cuarto del siglo XX, Consenso de Washington mediante en los noventa, y recreado en parte importante de la conciencia social como “sentido común”, desarrollado desde los medios de comunicación. Hay que atender el fenómeno que explica en todo el ámbito mundial el crecimiento de la propuesta política de la derecha.

La polémica de estas horas atraviesa al frente en el gobierno y más allá, en el marco de pandemia, de la crisis ambiental y una sensación que “algo debe cambiarse” para no agotar la vida social y natural, con el eje en resolver las más amplias necesidades sociales de la población. Hace falta un debate sobre el rumbo, con precisión de objetivos socioeconómicos para frenar el retroceso social construido por décadas. En definitiva, un proceso de construcción de política y subjetividad de carácter alternativo.

Buenos Aires, 8 de mayo de 2021

¿Quién debe financiar al Estado?

 

El presidente de EEUU habilitó un debate sobre el financiamiento del Estado al presentar en el Congreso de su país el "Plan de Familias Estadounidenses", con un costo de 1,8 billones de dólares.

La salud y la educación aparecen privilegiados en el discurso, tanto como la recuperación del empleo. Aunque vale señalar que todo se argumenta en función de retomar el liderazgo mundial, desafiado por China, por lo que importa el crecimiento económico, el restablecimiento del empleo y la capacidad de acción del Estado estadounidense.

Por ello, discutir el financiamiento estatal resulta estratégico, especialmente si se analizan los objetivos de cada Estado Nación.

Resulta de interés leer con detenimiento el discurso sobre el estado de la Nación ante el Congreso, a 100 días de su mandato, porque Biden explicita la crisis heredada, no solo por el COVID, y el problema que supone para EEUU la amenaza sobre el liderazgo internacional.

En ese marco es que pone en primer lugar la disputa del consenso interno de la población para intentar recomponer el imaginario colectivo que le permita a EEUU disputar la primacía mundial.

Por eso, existe un mensaje directo hacia China, pero también hacia Rusia, Irán o Corea y con ello, la justificación del gasto y el despliegue militar, tanto como el involucramiento del país en los debates contemporáneos, especialmente el cambio climático.

Si para Trump la consigna el “América Primero”, para Biden es “EEUU está de vuelta”. La pretensión imperial se desnuda con toda crudeza en el discurso presidencial ante el Congreso.

Todos esos propósitos requieren de financiamiento y no solo se trata de cheques para alimentos o alquiler, jardines maternales, escuelas, universidades o hospitales, sino para sustentar la hegemonía en el sistema mundial.

El interrogante es la fuente del financiamiento, y aun cuando es conocido el crecimiento de la emisión monetaria y de la deuda pública, Biden se concentró en el régimen tributario.

Señaló que “podemos hacerlo sin aumentar el déficit”, que no impondrá “ningún aumento de impuestos a las personas que ganan menos de 400.000 dólares. Pero es hora de que las empresas estadounidenses y el 1 % más acaudalado de los estadounidenses empiecen a pagar su parte justa. Sólo su parte justa.”[1]

Es una definición contundente en réplica al discurso y práctica de reducción de impuestos a los más ricos instaurado por la gestión republicana de Trump.

Al mismo tiempo denunció la elevada evasión impositiva del capital más concentrado, indicando que “Un estudio reciente muestra que 55 de las mayores corporaciones del país no pagaron impuestos federales el año pasado. Esas 55 corporaciones obtuvieron más de 40.000 millones de dólares de ganancias.”

El mensaje denuncia la evasión de impuestos en “paraísos fiscales en Suiza, Bermudas y las Islas Caimán”, obviando, claro está, los propios instalados en territorio estadounidense.

Desde esa argumentación sustentó la necesidad de “reformar el impuesto de sociedades para que paguen lo que les corresponde y ayuden a pagar las inversiones públicas”. Para ello se propone elevar la carga tributaria del “1 % de los estadounidenses más acaudalados, los que ganan más de 400.000 dólares o más, hasta donde estaba cuando George W. Bush era presidente, cuando empezó, el 39,6 %.”

Agregó que “sólo vamos a afectar a tres décimos del 1 % de todos los estadounidenses.”

Polemizó con el relato que enuncia que con la baja de impuestos a los más ricos se “generaría un gran crecimiento económico”, para luego enfatizar que ello desfinanció al Estado agravando el déficit fiscal y solo sirvió para “una enorme ganancia inesperada para las corporaciones estadounidenses y los que están en la cima.”

Ejemplificó sus dichos con la referencia de que “los directores ejecutivos ganan 320 veces lo que gana el trabajador medio de su empresa”, cuando antes estaba por debajo de 100. Señaló que “La pandemia sólo ha empeorado las cosas. 20 millones de estadounidenses perdieron su empleo” y en contrapartida “650 personas aumentaron su riqueza en más de 1 billón de dólares durante esta pandemia. Y ahora tienen más de 4 billones de dólares.”

Interesante escuchar de boca del titular del ejecutivo estadounidense que el gasto fiscal debe sustentarse con aportes de los más ricos. Es algo que debiera instalarse en el debate de los países con menor desarrollo relativo, remisos a gravar la renta del capital concentrado.

Es importante destacar que no se trata de resolver las inequidades del mundo actual, sino de sustentar las bases materiales y de conciencia social estadounidense para mantener la hegemonía y la dominación en el capitalismo contemporáneo.

Por eso, resulta de interés el reciente análisis de Michael Roberts[2], marxista británico, quien describe el aumento de la desigualdad, no solo de ingresos, sino que es aún mayor en términos de distribución de la riqueza.

Al respecto destaca que “El 1% más rico de los hogares estadounidenses ahora posee el 53% de todas las acciones y fondos mutuos en poder de los hogares estadounidenses. ¡El 10% más rico posee el 87%! La mitad de los hogares estadounidenses tienen poco o ningún activo financiero; de hecho, están endeudados. Y esa desigualdad ha ido en aumento en los últimos 30 años.”

Sostiene Michael Roberts que el tema se agrava en las naciones más pobres del mundo. Ejemplifica con Sudáfrica, en donde la situación empeoró desde el fin del régimen del apartheid. “Hoy en día, el 10% superior posee aproximadamente el 85% de la riqueza total y el 0,1% superior posee cerca de un tercio.”

Claro que el problema, dice Roberts, más que los impuestos a la renta o a la riqueza, la cuestión de fondo continúa siendo “la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos” y concluye que “debido a que esa estructura de propiedad permanece intacta, cualquier aumento de los impuestos sobre la riqueza no llegará a cambiar irreversiblemente la distribución de la riqueza y la renta en las sociedades modernas.”

Como indicamos al comienzo, Biden habilita un debate sobre quién debe financiar al Estado, al tiempo que nos invita a discutir medidas de fondo para socializar la riqueza producida colectivamente por el trabajo social.

Buenos Aires, 4 de mayo de 2021

 



[1] La Casa Blanca. Declaraciones del Presidente Biden Durante Sesión Conjunta del Congreso, 29 DE ABRIL DE 2021, en: https://www.whitehouse.gov/es/prensa/discursos-presidenciales/2021/04/29/declaraciones-del-presidente-biden-durante-sesion-conjunta-del-congreso/

[2] Michael Roberts. “Desigualdad de Riqueza” del 2 de mayo del 2021, en: https://thenextrecession.wordpress.com/

¿La mano invisible o la intervención estatal?

Interesante debate se transitó en una reunión virtual de ministros del Mercosur el pasado lunes 26. La polémica la protagonizaron los titulares de Economía de Argentina y de Brasil. Se trató de un debate teórico y político que trasciende la preocupación relativa a la institucionalidad del Mercosur y se proyecta sobre el orden cotidiano. El tema es que Paulo Guedes, en defensa de la liberalización de la economía, aludió en su intervención a Adam Smith y a la “mano invisible” como organizador de la actividad económica. La respuesta de Martín Guzmán no se hizo esperar y en tono académico respondió “que la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”. La réplica del ministro de Brasil se sustentó como criterio de verdad en que más de la mitad de los “Premios Nobel” obtenidos fueron para economistas referenciados en la Escuela de Chicago, obviando la caracterización de la entidad que ofrece los galardones.

Hay que recordar que desde 1969 se otorga el premio del “Banco de Suecia en homenaje a Nobel”, intentando un símil a los galardones otorgados por la Fundación Nobel desde 1901. Tal como sostiene el ministro del Brasil, por abrumadora mayoría fueron beneficiados por el Banco de Suecia, referentes de la corriente principal en la disciplina, o sea, neo-clásicos o liberales y entre ellos destacan los ortodoxos. Solo en momentos muy especiales de crisis económica mundial, recibieron los galardones referentes de la heterodoxia. A modo de ejemplo puede citarse en plena crisis del 2001 estadounidense, a Joseph Stiglitz, con quien trabajó Guzmán en el equipo de investigación de la Universidad de Columbia en Nueva York hasta su designación en el Ministerio de Economía de la Argentina. Stiglitz es conocido como ex directivo del Banco Mundial y crítico de los organismos internacionales y las políticas de ajuste ortodoxo. Últimamente se lo ve cercano al Papa Francisco y convergen en visiones críticas del orden hegemónico, con especial dedicación en el tema del endeudamiento externo, asunto al que se asoció Guzmán como investigador y ahora como funcionario del gobierno argentino. También fue premiado por los banqueros suecos en 2008 el estadounidense Paul Krugman, columnista del “demócrata” New York Times. El año de la premiación remite al apogeo de la gran crisis desplegada entre 2007 y 2009, la que aun condiciona la perspectiva de recuperación de la economía mundial. Ni en 2001, ni en 2008 se podía premiar a ortodoxos y por eso era el tiempo de premiación de la heterodoxia.

Ambos contendientes, Guedes y Guzmán, expresan un debate actual en el sistema mundial, entre quienes pretenden recuperar al orden capitalista desde una lógica sustentada en la ortodoxia liberal, y aquellos que imaginan superar el momento actual retomando tiempos de reformas progresivas. Los primeros actúan y piensan con una orientación favorable al régimen de la ganancia y las aspiraciones del sector privado concentrado de la economía, por lo que sustentan políticas de “libre mercado”. Los segundos imaginan un escenario de reformas progresistas desde la “intervención estatal”, reiterando en esta tercera década del Siglo XXI las condiciones que estaban presentes hace un siglo. Eran aquellos, tiempos de desafío al orden capitalista desde la Rusia soviética, que provocaba un imaginario social a la ofensiva de la conciencia social crítica y anticapitalista. Esa situación hoy no existe, por eso, junto a la irrealidad de la liberalización sustentada por derecha, existen dudas sobre la posibilidad de ejecutar reformas progresivas en el orden contemporáneo.

Lo que no está en el horizonte del Banco de Suecia y menos en el debate entre los funcionarios del Mercosur es la posibilidad de un enfoque teórico en contra y más allá del capitalismo.

Sentido y destino de la integración

No es ocioso el debate de las posiciones sustentadas por los ministros, que de alguna manera recoge la discusión protagonizada hace un mes entre el Presidente uruguayo y el argentino. En aquella ocasión, en un cónclave conmemorativo de los treinta años de la creación del Mercosur (1991-2021), Lacalle Pou, titular del ejecutivo uruguayo, sustentó la necesidad de abrir la institución y sus integrantes a las variadas formas de la liberalización económica. Fernández, gobernante de la Argentina, replicó con dureza en su calidad de Presidente pro tempore de Mercosur, invitando a retirarse a quienes no comulguen con las decisiones compartidas.

La polémica sobre el sentido y destino del Mercosur y de la integración regional está sobre la mesa de discusión. El tema es que Brasil y su Ministro, o el Uruguay y su Presidente, expresan políticas económicas de liberalización del orden económico. Sustentan un discurso con base en un diagnóstico y propuestas en dónde el eje se asienta en la liberalización y por ende, privilegian el mercado. Desde la Argentina, el Ministro y el Presidente, parten de la crítica a la orientación del gobierno anterior de Mauricio Macri, de orientación liberalizadora, entre 2015 y 2019, y sustentan un imaginario de corte desarrollista, o si se quiere, neo-desarrollista.

Más allá de la polémica y las especificidades de los gobiernos de Brasil y de Argentina, por lo menos desde el 2003, con sintonía ideológica y política (Lula y Dilma, con Kirchner y Cristina Fernández), hasta el desembarco por elecciones de gobiernos de derecha en ambos países (Macri y Bolsonaro), lo real es un desarrollo asociado a los límites estructurales de la economía en la región latinoamericana y caribeña. Sin perjuicio de los discursos, lo que se despliega es el orden capitalista con predominio en ambos países de un modelo productivo asociado al agro negocio y la producción primaria de exportación, en donde la hegemonía es detentada por el capital transnacional más concentrado, los que impulsan una lógica liberalizadora que impregna los procesos de integración.

Resulta de interés recuperar el momento histórico de surgimiento del Mercosur, cuando hacia 1991 estaba en pleno apogeo la propuesta neoliberal, potenciada en nuestros territorios por el llamado Consenso de Washington, de estímulo a la iniciativa privada, la liberalización y la apertura de las economías. Solo las condiciones políticas derivadas de la lucha popular y su expresión en gobiernos con discursos críticos a la hegemonía neoliberal hicieron posible ciertas y relativas adecuaciones a la institucionalidad del Mercosur y su concepción originaria de integración subordinada. Ahora, con otras condiciones políticas, más afines al clima político de comienzos de los noventa, los debates sobre la integración y el papel del Mercosur retoman los objetivos originarios de libre comercio.

La discusión de fondo es sobre el arancel externo y la potencialidad de cada país para suscribir acuerdos de libre comercio. Es una concepción hegemónica por décadas, tributaria de la Iniciativa para las Américas promovida por Bush padre en 1990 y recreada como ALCA entre 1994 y 2005, incluso las iniciativas de las Cumbres de Presidentes Iberoamericanos desde 1991, cuya última versión se acaba de realizar, de modo virtual, bajo la presidencia de Andorra. Sea desde EEUU o desde España, puerta de ingreso a Europa, la preocupación es por la subordinación de los bienes comunes de la región a la dominación capitalista y su disputa en el sistema mundial. En rigor, en los últimos años quien apura acuerdos económicos en la zona es China, lo que evidencia la importancia de la América Latina y el Caribe, desafiada a encontrar caminos propios de integración no dependiente ni subordinada a la lógica de la ganancia.

Cuba y el intento de ir más allá

La CEPAL insiste es que estamos a punto de vivir una nueva década perdida en toda la región, memorando la de los años ochenta del siglo pasado. Sin perjuicio de ello, la UNCTAD pone de manifiesto que hace por lo menos una década que la región no está en la mira de inversores externos, motores de la inversión y el crecimiento económico, base de cualquier posibilidad de distribución del ingreso o la riqueza según el ideario capitalista.

Hace años, los transcurridos desde los tempranos setenta del siglo pasado, que la discusión está contenida en la visión “liberal” o la “neo-desarrollista”, por lo menos en gran parte de los procesos nacionales. La excepción ha sido Cuba y su experiencia por el socialismo desde hace sesenta años (1961-2021), la que se entusiasmó con las novedades que trajo el nuevo siglo en materia de recreación de proyectos en contra y más allá del capitalismo. En estos días, Cuba reafirmó el rumbo por el socialismo en el VIII° Congreso del PC, con las expectativas de acompañamiento en otros países de la región.

Resulta de interés el debate, porque no solo existe “mercado” o “estado”, en tanto que ambas constituyen relaciones sociales y, por lo tanto, vale incluir una interrogación sobre el tipo de mercado o de estado. No es lo mismo la relación mercantil asentada en el lucro derivado de la producción y circulación capitalista, que en un sistema de relaciones mercantiles asumidas desde los bienes de uso y no de cambio. En el mismo sentido opera el debate sobre el estado. Una cosa es la institución de sustento a la lógica del capital, de la explotación y del saqueo, que aquella que asuma un estado para la transición del capitalismo hacia otro rumbo, el socialista o si se quiere en la lógica de algunas constituciones recientes, las que sustentan sociedades del “buen vivir” o el del “vivir bien”.

Hay que seguir los debates de la calle, la prensa y en el gobierno de Cuba con relación a estos temas. ¿Qué tipo de relaciones monetario-mercantiles son las que deben impulsarse en la Cuba actual? ¿Cuál es la función del estado en estos momentos de cambio económico y reordenamiento monetario? ¿Cuál es el espacio para la autogestión y protagonismo de los sujetos concretos en el proceso de producción y circulación de la economía cubana? Las respuestas son diversas, de quienes imaginan un fuerte estímulo a la iniciativa privada, incluidos sectores estratégicos, hasta quienes, con base en algunas experiencias concretas impulsan la mejora de la productividad sustentada en la cooperación y la autogestión.

Es un debate abierto el que existe en Cuba y vale la pena seguirlo de cerca porque es la experiencia regional que en condiciones adversas intenta la construcción de un proyecto de transformación social en condiciones de bloqueo. Solo hay que constatar que el proyecto socialista cubano se formuló en asociación con un bloque que sostenía ese rumbo por treinta años, entre 1961 y 1991. Eran tiempos de bipolaridad del sistema mundial, facilitando expectativas de cambios. Desarticulado el bloque socialista, el camino tortuoso de Cuba, entre 1991 y 2021, se despliega en la búsqueda de una dinámica de la lucha de clases global que pueda restablecer una contraofensiva por la emancipación social. Por eso, la vista está puesta en la dinámica interna y la que acontece en todo el mundo.

Por ello es que tiene sentido el debate sobre el “mercado” y la función del “estado”. En la polémica que inicia esta nota está el rumbo del capitalismo ante la emergencia sanitaria y económica, y al traer a Cuba a la discusión, pretendemos instalar la potencia de un discurso y una propuesta para imaginar una sociedad en contra y más allá del capitalismo.

Buenos Aires, 28 de abril de 2021

La emergencia sanitaria y económica reclama urgentes cambios

 

Existe incertidumbre en la economía y la política contemporánea, lo que habilita un gran debate mundial sobre lo que acontece, en el marco de la pandemia. El interrogante es como sigue la historia, en lo económico y en lo político. El asunto aparece con reiteración en multiplicidad de foros internacionales, académicos y en el debate cotidiano. La sensación es que “esto” no funciona y claro, remite al orden contemporáneo, que la pandemia desnuda con crudeza, por insuficiencia en la respuesta sanitaria o económica, que afecta a la vida cotidiana de millones de personas. Incluso, ahora con vacunación iniciada, problemas de producción y limitado alcance de inoculados, los contagios crecen y la edad de afectados baja. El problema no es solo de personas mayores o vulnerables, ni siquiera de corto plazo.

Algo hay que hacer y cambiar, lo que motiva la explicación sobre “ensayos políticos” que aparecen como surgidos de la nada y en contra de toda razonabilidad política. A modo de ejemplo pueden remitirse a la sorpresa Trump, Bolsonaro o al Brexit, entre algunas de las más visibles. Con imprecisión, a esas experiencias se las ubica en la “razón populista”, de orientación derechista y amplios consensos electorales sustentados en el descontento con la racionalidad tradicional de la política. Resulta interesante y polémica la reflexión de Minouche Shafik, Directora de la London School of Economics and Political Science, LSE, que viene escribiendo sobre la necesidad de un “Nuevo Contrato Social”, cuestión exacerbada por la emergencia sanitaria del COVID19. Su reflexión apunta a la crítica del “populismo”, que acierta en el diagnóstico y contacta con el malestar social, dice, por lo que atrapa votos, pero no propone “soluciones” adecuadas a los tiempos, por lo que aboga por un nuevo contrato social[1].

Es un debate de época que estuvo presente a comienzos del año en la cumbre virtual del Foro Económico Mundial y claro, en su contraparte del Foro Social Mundial. Incluso, aparece la cuestión en el lenguaje y la prédica del FMI y en los organismos internacionales sobre la participación pública para contener el regresivo impacto social de la situación de emergencia en curso y la potencial amenaza del conflicto social. Son opiniones que remiten al legado tortuoso de la situación mundial en el post 2008/09, la desaceleración de la economía mundial, incluso a futuro, los miedos e incertidumbres para las nuevas generaciones, privadas de los beneficios históricos del “contrato social”, y los desafíos que especialmente genera el feminismo, el cambio climático o la digitalización.

Todo ello es parte del desorden actual y el descontento de las nuevas generaciones respecto de los futuros cercanos o mediatos, sea por cuestiones sociales que explicitan peores condiciones de vida para millones, especialmente jóvenes y mujeres, al tiempo que se deteriora el medio ambiente, tal como se evidencio en los variados debates a propósito del día internacional de la Terra, el pasado 22 de abril. La crisis ecológica se arrastra por décadas, asentada en un modelo productivo depredador y sin restricciones, o modificaciones, que evidencian la ausencia de un rumbo alternativo para un metabolismo reproductivo de la vida social y natural. A veces parece un debate de sordos entre el deber ser de la utopía que se formula desde la crítica y el pensar-hacer que impone la realidad productivista, de la ganancia y la acumulación.

La recuperación de la categoría del “contrato social” es interesante, ya que remite a la concepción filosófica del nuevo orden capitalista emergente con la revolución productiva y la industria, inspiración política de la revolución francesa. De allí provienen las nuevas codificaciones y regulaciones de la sociedad contemporánea, recogidas en textos constitucionales, ordenamientos y regulaciones sociales locales y mundiales. Vale señalar que ese contrato fue objetado por luchas sociales y políticas, como por la crítica teórica en búsqueda de otros rumbos bajo parámetros alternativos de ordenamiento social, en el que destacan los escritos de Carlos Marx y su tradición hasta el presente, y claro, la revolución rusa y sus derivas, en tanto expectativas por otro mundo posible. Un tema que ha sido vuelto a suscitar en el reciente Congreso del PC de Cuba y la renovación de su dirigencia, con una nueva generación en reemplazo de la camada histórica, en el compromiso del sostenimiento del proyecto socialista.

Esas confrontaciones sociales e ideológicas llevaron a que en pleno despliegue de la crisis de 1930 se recuperara el debate sobre el “contrato social” bajo la denominación de “new deal”, o “nuevo acuerdo”. En rigor, un nuevo “contrato social”, enmienda constitucional estadounidense mediante, para resolver los obstáculos del capitalismo. Los cambios institucionales en EEUU hacia 1932/33 evidenciaron la actualización del orden económico social, la adecuación necesaria para no sucumbir a la debacle anunciada por la gran crisis y el desafío del oriente socialista instaurado en 1917. Fue una acción defensiva generalizada en occidente luego de la segunda posguerra bajo la denominación de “Estado del Bienestar”, que devino en la ampliación de derechos sociales, la mejora del ingreso de la población, al tiempo que satisfacía el objetivo de la ganancia. En su desarrollo encontró los límites de la crisis de los 70, por lo que hubo que discutir el “contrato social” a una nueva lógica liberalizadora, denominada “neoliberalismo”. Era el tiempo de las privatizaciones, las flexibilizaciones y las aperturas, recreando las tradiciones del libre comercio, de la competitividad y del libre cambio.

Nuevas adecuaciones y proyectos en disputa

La situación actual convoca nuevamente a pensar en adecuaciones del contrato social, más aún, sin la existencia de la bipolaridad global desarticulada hace tres décadas. Si en los treinta, la adecuación sistémica fue a la defensiva contra la avanzada por el socialismo, y a la ofensiva en los setenta contra el socialismo y el reformismo; con los límites actuales a la lógica liberalizadora y ante ausencias de paradigmas civilizatorios alternativos, lo que rige es el ensayo y el error, característica de estos tiempos de incertidumbres. Puede constatarse la ausencia de cooperación internacional ante la emergencia sanitaria y ni hablar del incumplimiento, incluso retroceso, en todo objetivo de superación de problemas sociales y ambientales, del estilo de los objetivos del milenio, que sufre hoy la sociedad y la naturaleza. Se discute el orden contemporáneo en esta tercera década del Siglo XXI y no parece haber imaginario teórico o político de sustento. El interrogante sobre por donde transitar promueve las pasiones en por lo menos tres direcciones, la última en una búsqueda más allá del capitalismo:

·         de quienes miran hacia atrás y demandan mayor liberalización económica social, en desmedro de derechos sociales conquistados, laborales, sociales, colectivos, en una deriva libertaria y conservadora;

·         de quienes imaginan que es posible avanzar en reformas que atenúen los regresivos impactos sociales y naturales acumulados en tiempos de liberalización por casi medio siglo (una vuelta al Estado benefactor) y claro;

·         de quienes critican al orden vigente y demandan un nuevo orden, relativo al “otro mundo posible”.

Mientras transcurre el debate, retorna la preocupación inflacionaria en EEUU por la suba de las tasas de interés, un escenario que parecía lejano en el tiempo, de allá por los fines de los 70 del siglo pasado. La Reserva Federal discute actualmente, desde su legado monetarista con los discursos y propuestas de la Teoría Monetaria Moderna, con influencia en la gestión del ejecutivo estadounidense y cierta prensa crítica de la lógica conservadora. ¿Emitir o no emitir, moneda y deuda? Es una discusión atravesada por innovaciones tecnológicas que promueven cambios monetarios inspirados en la digitalización vía criptomonedas, en tanto nuevas formas de extender la dominación del mercado y la especulación financiera. China por su parte mundializa su moneda y disputa desarrollos en la frontera tecnológica en la producción y circulación de bienes y servicios, especialmente en el campo de las esferas de influencia de las divisas y los circuitos globales de la economía. El interrogante remite a cuanto de esta discusión está presente en los debates políticos, económicos, sociales, culturales fronteras adentro en la región latinoamericana y caribeña. En un estudio reciente relativo al acontecer regional, el FMI señala[2]:

“La contracción de 7 por ciento experimentada por la región en 2020 fue la más pronunciada del mundo, superando con creces la desaceleración mundial, que fue de 3,3 por ciento. Se prevé que en 2021 el crecimiento se sitúe en 4,6 por ciento, por debajo del 5,8 por ciento estimado para los mercados emergentes, excepto China. El ingreso per cápita no retornará al nivel de antes de la pandemia hasta 2024, lo cual provocará pérdidas acumuladas del 30 por ciento respecto a la tendencia prepandémica.” 

“Según las proyecciones, Brasil recuperará el nivel de producto de 2019 en 2022, debido al repliegue del apoyo de las políticas fiscales y monetarias y la lenta distribución de las vacunas. México no alcanzará el nivel de PIB previo a la pandemia antes de 2023, pese al impacto positivo generado por el amplio programa de política fiscal de Estados Unidos, dado que en el país no hay un sólido apoyo fiscal y se anticipa que continúe la debilidad de la inversión”

Por eso, con base a este crudo diagnóstico, resulta imprescindible el debate sobre el futuro, mientras se impone una dura realidad con elevado costo social, con mayor gravedad sobre jóvenes y mujeres. No existe la ilusión de una pronta recuperación en la región y el rebote económico demorará más allá de las previsiones originales, especialmente en los países de menor desarrollo relativo. Las tendencias de retorno a la “normalidad” pre-pandemia se orientan hacia el 2025, y claro que es discutible aquello que se considere normal.

En el caso argentino, la realidad es compleja por el arrastre de problemas históricos asociados a la ralentización del crecimiento y la recurrente inflación.

La disputa por el gobierno y en torno a la dinámica de acumulación, asuntos de arrastre, dificultan cualquier normalización más allá de contagios, vacunas o problemas sanitarios.

Si hay fin de época global y es parte de la discusión mundial y regional, con más razón se impone la cuestión ante la situación argentina. En especial, se trata de un país fuertemente endeudado y con vencimientos imposibles de sostener en el corto y mediano plazo, con un horizonte de subas de las tasas de interés en EEUU y en el mercado mundial de crédito.

¿Hay espacio social y político para más ajuste en el país? En la línea de perspectiva y debate señalado vale interrogarse sobre las posibilidades de exacerbar las políticas de ajuste y reforma reaccionaria, incluso en pensar que reformas progresivas puede aceptar un orden que disputa el modelo de acumulación, más aún y más difícil, pensar en términos alternativos al orden capitalista.

Los datos oficiales son el marco de esta discusión, y no son buenos, más allá del rebote proyectado y en curso, ya que se mantienen preocupantes indicadores sociales, de pobreza, desempleo y flexibilización, lo que incrementa la precariedad laboral.

A febrero 2021 se mantiene una baja recuperación de la capacidad instalada en la economía local, del orden del 58,3%, menor que hace un año y que del repunte a noviembre 2020 (63,3%). La línea de indigencia para una familia de 4 personas se establece en $26.000 por mes y la Línea de la pobreza en $61.000, para un promedio de ingresos del orden de los $33.000. La estimación mensual de la actividad económica reconoce una caída anualizada del - 2,6% y de -2,4% para el primer bimestre del 2021, lo que opera sobre la regresividad en la distribución del ingreso. El dato estimulante proviene del saldo comercial positivo en 2.500 millones de dólares, pero claro, el mismo es disputado por el sector privado para cancelar deuda externa, remitir utilidades al exterior o constituir activos afuera del país, por lo que es poco lo que puede nutrir cualquier estrategia de resolución de problemas estructurales y sociales.[3]

Argentina está en la cima de una segunda ola de contagios y poco se discute el sentido estratégico de la problemática actual, acumulando desgaste y descontento en la sociedad. La expectativa favorable en una pronta vacunación habilitará la posibilidad de expresión del conflicto social, que puede ser un estímulo para que emerjan voces y propuestas que aparecen acalladas en la lógica política mediada por una comunicación social sesgada, que escamotea debates relativos a las transformaciones necesarias. Será entonces la potencia de la política de la sociedad en dinámica de movimiento para reclamar cambios.

Buenos Aires, 24 de abril de 2021



[1] Minouche Shafik. Nota reciente y video breve sobre el tema en: https://www.lavanguardia.com/economia/20210418/6944296/espabilan-partidos-populismo-ganara.html

[2] FMI. “Inyección rápida y recuperación duradera para América Latina y el Caribe”, en: https://blog-dialogoafondo.imf.org/?p=15489

[3] INDEC. Utilización de la capacidad instalada en la industria. Febrero de 2021, en: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/capacidad_04_2121E8B54B22.pdf; Valorización mensual de la canasta básica alimentaria y de la canasta básica total. Gran Buenos Aires. Marzo de 2021, en: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/canasta_04_21EDC756AEAE.pdf ; Estimador mensual de actividad económica. Febrero de 2021, en: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/emae_04_215053D29E10.pdf ; Intercambio comercial argentino. Cifras estimadas de marzo de 2021, en: https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/ica_04_218F82178202.pdf

Urge producir vacunas y suspender las patentes

Todos los análisis coinciden en la gravedad sanitaria y económica del momento, con 150 millones de contagiados y 3 millones de muertos por Covid19. El problema lleva más de un año desde la declaración de la pandemia en marzo 2020. Se considere por donde sea el impacto económico es regresivo y se mide en crecimiento de la pobreza, el desempleo, la precariedad laboral, la desigualdad y una brutal concentración del ingreso y la riqueza, sumado al colapso sanitario. Entre otros aspectos, discrimina a los sectores más empobrecidos, las trabajadoras y los trabajadores,  principalmente a mujeres y jóvenes, tal como indica el estudio del FMI en la zona latinoamericana y caribeña[1]. Esta regresiva situación convoca al debate de problemas de coyuntura y de estructura.

En la coyuntura se trata de resolver una demanda que viene de lejos en la “solución” de la pandemia y remite a la aplicación universal de las vacunas que hoy están en circulación. Resulta interesante verificar la cantidad de vacunas en acción, con eficacia para minimizar la gravedad y desenlace de los contagios, aun cuando la diversidad supone la fragmentación de la capacidad de investigación y producción, incluso, evidencia la ausencia de cooperación internacional. En definitiva, es resultado de la mercantilización del proceso de producción y circulación, asociado al fenómeno más general de asumir a la salud como una mercancía, en desmedro de una tradición de derecho a la salud.

Por esto es fundamental instalar un debate en la sociedad por la “suspensión” de las patentes, en contra de los acuerdos de propiedad intelectual sustentados como agenda estratégica en la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esta iniciativa por la liberación de las patentes está sustentada por más de un centenar de países y una creciente demanda de organizaciones sociales globales entre las que destaca la campaña de “médicos sin fronteras”[2].

El dato relevante es que, iniciada la vacunación, se verifica la concentración de dosis entre los países con mayor capacidad de compra, discriminando a las poblaciones del mundo en función de los diferentes niveles de desarrollo y capacidad de compra de los estados nacionales. Aun así, el ritmo de ejecución de la vacuna es pobre y apenas menos del 7% de la población mundial ha recibido por lo menos una dosis, y menos del 3% las dosis que completan el proceso recomendado. Ello pone de manifiesto el límite de la situación actual y la demanda de actuar con rapidez para frenar los efectos desastrosos de la pandemia y en la economía, que se descarga sobre buena parte de la humanidad.

La realidad es que las patentes son detentadas y defendidas por el capital transnacional, lo que se expresa en la valorización de los capitales invertidos en los laboratorios farmacéuticos. Es una dinámica que actúa a contramano de las condiciones de emergencia de sectores vulnerables en la economía mundial, según coinciden todos los análisis de los organismos internacionales, la academia o la prensa. No debiera resultar una sorpresa la contradicción entre la miseria y desesperación extendida del presente, junto a la acumulación y enriquecimiento de pocos. Es algo a modificar en tiempos de amenazas civilizatorias.

Esto nos lleva a la cuestión estructural, que supera el debate y resolución de la emergencia sanitaria y económica asociada a la pandemia. En ese marco, lograr la suspensión de las patentes, aun temporaria, es un punto de apoyo en una estrategia de modificaciones estructurales que amplíe derechos sociales, en particular relativos a la salud. Ello supone un debate de ideas, político y cultural, que afecta a la propiedad de los medios de producción, eje sustantivo en la lógica capitalista.

La cooperación internacional para la investigación, la producción y circulación de vacunas debiera estar en el centro de la preocupación intelectual de la sociedad contemporánea.

Es una cuestión coyuntural y estructural, en un tiempo donde debiera prevalecer el factor humano en la consideración de políticas públicas, aun a contramano de la lógica hegemónica de la ganancia y la acumulación. Si se piensa en América Latina y el Caribe, todas las consideraciones se agravan, ya que con una población del 8% en el ámbito mundial, reúne un tercio de contagios y muertes, con el problema de países que parecían alejados del flagelo, ahora se agregan a la vulnerabilidad. Ya no solo preocupan Brasil, México, Colombia, Perú, Chile, Ecuador o Argentina, sino que se suman Uruguay y Paraguay que hasta hace poco parecían a salvo y más allá de la pandemia.

Mirando a la región, el optimismo proviene de Cuba y la consolidación de años de trabajo en materia de salud, especialmente con los resultados de la vacuna Soberana. La cooperación en materia de salud históricamente ofrecida por Cuba en sus misiones de solidaridad podría inspirar la cooperación regional en la producción y distribución de la vacuna en toda Latinoamérica y el Caribe, incluso en el ámbito mundial. Pese al bloqueo, Cuba marca el camino de un rumbo soberano para resolver en condiciones desiguales sus problemas. En otro plano de potencialidad regional, Argentina acordó cooperación en la producción de la vacuna “AstraZeneca”, que debió fraccionarse en México, aun cuando se completó el proceso en EEUU. Ahora trascendió el acuerdo para producir la “Sputnik V” en la Provincia de Buenos Aires, con pretensión de abastecimiento local y regional.

Ambos casos, Cuba y Argentina, ponen de manifiesto la capacidad de investigación y de producción en momentos en que hacen falta esfuerzos conjuntos para resolver problemas en el corto y mediano plazo, ya que las vacunas serán necesarias ante la continuidad de la pandemia. La ausencia de cooperación mundial evidencia la vulnerabilidad de la sociedad contemporánea, por lo que debe estimularse un proceso de integración y colaboración entre los estados de América Latina y el Caribe. Es una cuestión de supervivencia de la humanidad, que se juega en una población que soporta gravemente el flagelo pandémico. Nuevamente el desafío podrá resolverse desde la integración no subordinada y en perspectiva de emancipación.

Buenos Aires, 20 de abril de 2021