¿Qué se puede esperar en el 2022 para la economía mundial?

Hay expectativas en la declinación de la pandemia y en el efecto de la inmunización por vacunas, pero no tanto, especialmente por las demoras en su universalidad. Son millones los excluidos de la posibilidad de vacunación, especialmente entre los más empobrecidos de la economía mundial. Mientras las vacunas y la salud sean un negocio rentable, el mercantilismo dominante impone la ley de la ganancia y posterga toda solución. De hecho, Cuba se ha manifestado solvente en la investigación y producción de vacunas y aun la OMS no las autoriza en función de unas condiciones de producción que remite a valoraciones de lógica para los países de alto desarrollo industrial. Cuanto resolvería, para la humanidad, la facilitación de la universalización de las vacunas cubanas, en primer lugar, la eliminación del bloqueo genocida que impide la libre circulación de la producción y el conocimiento cubano, muy en particular sus desarrollos en materia de vacunas anti covid19, que no son las únicas, dicho sea de paso. Pero más allá de la evolución de la situación sanitaria, el impacto económico social se mantiene. Aparece como novedad el fenómeno inflacionario, especialmente en EEUU y Europa, lo que anticipa una fuerte presión sobre las políticas públicas para inducir austeridad, luego de la generalización de políticas de estímulo al gasto social y a subsidios para sostener la economía, en general favoreciendo la lógica capitalista. Queda claro que lo más importante es la ganancia a costa de los ingresos populares (salarios, jubilaciones, beneficios sociales) y del gasto estatal de contenido social, aplicado al empleo, la salud, la educación, la vivienda, la cultura, entre otros. La inflación es un fenómeno que explicita la lucha de clases en concreto, algo que se conoce muy bien en los elevados registros de precios, en países como Venezuela o Argentina, por años, líderes en inflación de estos últimos años. La novedad en el 2021 es Cuba (ordenamiento monetario mediante), también asociado a las presiones del poder global sobre la dinámica local. No hay duda que existen fenómenos propios y específicos a considerar por los altos precios en los países mencionados, pero nunca olvidarse de la disputa del poder por la apropiación del excedente económico, por lo que, a no dudar, la inflación es un asunto central de la lucha de clases en el orden global. El último brote mundial de alza de precios, en los 70 del siglo pasado, fue combatido con políticas que hoy se nominan como “neoliberales”, que supusieron el cambio de relaciones estructurales del orden capitalista en varios ámbitos. El principal, la modificación en la relación entre el capital y el trabajo, con sus consecuencias en materia de caída del empleo regularizado y pérdida de ingresos salariales, con flexibilidad salarial y aumento del desempleo, subempleo y la “informalidad”, incluso la llamada “gran dimisión”, como novedad, manifestada en que no se consiguen empleados (de bajos salarios), pese al desempleo y la demanda de contratación. Hasta el Presidente de EEUU llegó a decirles a los empresarios “paguen más y conseguirán trabajadores”. Al contrario de la demanda por mejores ingresos, la presión del orden capitalista es por reaccionarias reformas laborales y previsionales, en contra de los históricos derechos laborales producto de décadas de lucha social y sindical del movimiento obrero, hoy debilitado por el accionar de la ofensiva del capital y la claudicación de las burocracias sindicales. Junto a las mutaciones en la relación capital trabajo, se destaca la reaccionaria reforma estatal, con las privatizaciones como bandera, en clara orientación de avanzar en la lógica de estimular el papel del capital privado en la apropiación del excedente económico. En ese sentido, se favoreció la liberalización de la economía mundial, con variados instrumentos para el libre cambio (tratados bilaterales en defensa de las inversiones, tratados de libre comercio, etc.) para una mayor circulación internacional del capital, estimulado por los desarrollos tecnológicos y el estímulo a las formas dinerarias de apropiación de renta, forma transfigurada de apropiación de la plusvalía. Las formas de “financiarización” extendidas en el ámbito mundial, constituyen formas específicas de funcionamiento del orden capitalista contemporáneo, que exacerba la ofensiva contra el trabajo, la naturaleza y la sociedad. Durante el presente año continuará un debate político, con bases teóricas, sobre la profundización de la lógica dominante, combatiendo la “inflación” con austeridad, transfiriendo el costo sobre la población vulnerada, recordando que en el último medio siglo, lo que creció es la desigualdad, o sea, la elevada concentración de la riqueza en una parte muy reducida de la población mundial. En contrapartida, aparece una corriente que remite al keynesianismo, en todas sus variantes, con una propuesta de “reformas” al orden vigente, incluso en algunos casos asumiendo que lo que debe vencerse es el “neoliberalismo”, omitiendo que esta es la forma de gestión capitalista del orden realmente existente en nuestro tiempo. Por eso se impone un rumbo diferente, alternativo, que al tiempo que confronte con las políticas de liberalización a ultranza, pueda discutir con la ilusión “reformista” del orden capitalista, sin perjuicio de luchar por mejores condiciones de vida en el presente. La prédica anticapitalista, no es ilusoria y se alimenta con prácticas socio económicas de reproducción de la vida cotidiana, tal como ofrece de manera reiterada diferentes formas autogestionarias de organización económica, llevada a cabo por millones de personas en todo el mundo. Remito a la autogestión, la producción y circulación comunitaria, de cooperativas y mutuales, como de las diversas formas que asume la producción y reproducción de la vida, incluso anticipando el futuro deseado de un mundo organizado en contra y más allá de la lógica mercantil del capital, sustentado en la explotación de la fuerza de trabajo y el saqueo de los bienes comunes. Claro que algunas de estas experiencias terminan subordinadas a la lógica del capital, lo que no invalida las búsquedas de solución inmediata de problemas cotidianos, los que deben articularse con demandas políticas de construcción de alternativa para el cambio social. Por eso, discutir que esperar del 2022 nos lleva a una discusión sobre política, un asunto social por excelencia, que requiere definiciones de los colectivos sociales, por una conciencia social de cambio sistémico, por nuevas relaciones sociales de cooperación y superación de los problemas contemporáneos, sea el cambio climático y la defensa del planeta y la vida, como las demandas por la economía de cuidado en contra la discriminación de género, a favor de mujeres, niñas/os y ancianas/os. Resolver el problema de la alimentación y los diversos derechos sociales (educación, salud, energía, etc.>) deben asociarse a la capacidad de producir colectivamente para satisfacer necesidades humanas con respeto al orden natural, lo que supone una amplia confrontación con el poder de quienes hegemonizan la tenencia del dinero y el capital. Buenos Aires, 16 de enero de 2022

¿Existe “Plan económico”? ¿Qué se exige cuando se lo demanda?

Desde diferentes voces se escucha decir que la Argentina no tiene “plan económico”. El Ministro de economía local, Martín Guzmán, señala que el plan es el “Presupuesto”. En este 2022 se prorrogó el del 2021 ante el rechazo parlamentario al presentado oportunamente. ¿Hablan de lo mismo unos y otros? No necesariamente. El “presupuesto” sugiere un “plan de gestión” para un periodo, o varios si fuera plurianual, pero no supone en sí mismo una orientación del rumbo productivo y el tipo de relaciones sociales a promover, lo que implica definiciones sobre el modelo de desarrollo y su impacto socio-ambiental. Tampoco resulta evidente la demanda opositora, más asentada en precisiones sobre el “clima de negocios” y por ende en las posibilidades de rentabilidad de potenciales inversiones, es decir, centradas en un enfoque de ganancias y acumulación de capitales. Por nuestra parte, insistiremos en que aun cuando no sea explícito, siempre existe un “plan”. Ello supone describir que se espera del orden económico y social, de manera explícita o implícita, es decir, de las relaciones socio-económicas, caso del capital y el trabajo; o de la sociedad con el Estado; o del Estado con otros Estados del sistema mundial. Solo a modo de ejemplo, desde 1975/6, con matices según sea la gestión presidencial, entre dictadura y turnos constitucionales, o entre estos, lo que viene ocurriendo se puede caracterizar como una ofensiva del capital contra el trabajo, la naturaleza y la sociedad. De nuevo, no es lo mismo cada gestión, existen matices importantes, pero tomado el periodo de punta a punta (1975-6/2021-2), lo que observamos es: a) un deterioro en la relación capital trabajo a favor de los primeros, que se mide en caída de los ingresos populares, desempleo y subempleo, precariedad laboral y una orientación restrictiva al proceso de sindicalización (incluye complicidades de la burocracia sindical y política); b) una reforma estatal favorable a los objetivos del sector privado de la economía, con desregulaciones varias y nuevas funciones estatales para el sostenimiento de la lógica del capital, subsidios empresarios mediante; c) pero también una facilitación de la inserción subordinada del país en el sistema de la transnacionalización del capital, con el resultado de una mayor extranjerización de la estructura económica del país. Esto último potenciado por las privatizaciones de las empresas públicas, la circulación internacional de capitales, mediados por un ciclo deliberado de endeudamiento público y privado (durante la dictadura, los noventa y recientemente entre 2015-19) y fuga de capitales; junto a una exacerbación de una producción primaria para la exportación, incluso de sectores industrializados. El impacto en el consumo se evidencia con la referencia estructural al empobrecimiento de una parte importante de la población (más del 40%), especialmente jóvenes y niñas/os (más del 60%). ¿Hay plan en la Argentina? Hace tiempo que prevalece la lógica de “mercado”, la que se impuso en el clivaje 1975/76, más allá de los intentos por morigerar sus impactos, especialmente a la salida de la dictadura y en la pos-crisis del 2001. Los aspectos estructurales de las reaccionarias reformas de las relaciones capitalistas definen en esencia, el plan económico de la Argentina, con los límites que se hacen evidentes en los últimos años, en materia de crecimiento y resolución de problemas de fondo, como la inflación, la pobreza, el empleo, desempleo y precarización, la distribución del ingreso y la desigualdad, entre otros. Se sostiene el problema del crecimiento, que en sí mismo no alcanza para discutir un “plan”. El tema es ¿qué tipo de crecimiento es el que requiere el país en este tiempo? Responder ese interrogante supone debatir qué objetivos deben resolverse y en qué tiempo, por ende, con qué proyectos y programas concretos. ¿Es posible resolver el tema de la pobreza y del empleo, o de los ingresos suficientes para el conjunto de la población? La respuesta estará en el modelo productivo y de desarrollo que se defina, lo que demanda orientar productivamente los componentes de la riqueza social: la tierra y el trabajo. No se trata de “inversores privados o públicos”, sino de una acumulación originaria desde la propiedad social de los medios de producción, especialmente de la tierra. Queda claro que no alcanza solo con “tierra”, que hace falta también asignación de recursos financieros y asistencia técnico profesional junto a radicación territorial de la población hoy marginalizada de la producción y circulación de bienes y servicios. En ese marco resulta imprescindible definir el modelo energético, pensado en resolver necesidades socioeconómicas del plan que definimos, más que en exportaciones para obtener divisas destinadas a cancelar deuda. Para todo ello se requiere una definición respecto del equilibrio fiscal, restringiendo gastos, entre ellos, los destinados a cancelar una deuda odiosa, ilegitima o ilegal; tanto como a mejor los ingresos fiscales con una reforma progresiva de los impuestos. No se trata del debate actual con el FMI, si equilibrio fiscal en 2027 como imagina el gobierno o antes como reclama el FMI. Las cuentas fiscales deben asociarse al plan necesario para resolver los urgentes problemas sociales identificados. Se trata de crecer, sí, pero para resolver demandas sociales, de empleo e ingresos populares, con una producción que atiende las necesidades del mercado interno y que interactúe con el mundo, no para acercar inversores ávidos de ganancias y acumulación, sino para fomentar relaciones internacionales de beneficio mutuo. El crecimiento supone mayor consumo y no cualquier consumo o de una minoría, si no de la mayoría de la sociedad; pero también aumento de las inversiones, las que definan un camino autónomo y de integración no subordinada; del mismo modo que unas relaciones comerciales, financieras y económicas en donde prevalezcan las relaciones solidarias entre los pueblos, a contramano de la lógica mercantil del orden capitalista. Solo en ese marco puede instalarse una política de fondo contra la inflación, que expresa las contradicciones sociales por la apropiación de la riqueza socialmente generada. Los límites estructurales de la economía argentina son los que explican la inflación acelerada, más allá de las tendencias globales en donde vuelve el fenómeno del encarecimiento de precios. Si en el mundo es la crisis global la que lo explica, en el país, se puede encontrar explicación en la no resolución de los problemas de fondo del orden económico, social y político. Lo sostenido no es utópico. Si requiere de consensos mayoritarios en la sociedad. Ese es el sentido de este escrito, disputar ideas sobre la posibilidad de resolver problemas que vienen de arrastre en la Argentina actual, y pensar el presente y el futuro más allá y en contra de la lógica capitalista. Buenos Aires, 6 de enero del 2022

Entre el 2021 y el 2022

El cambio de año convoca a balances, reflexiones y pronósticos sobre el orden social, cultural, político y económico, pensado de manera integral, ya que, aun especificando el ángulo de la consideración, cada aspecto de los mencionados no puede aislarse del otro. La amenaza sobre la naturaleza no está al margen del orden económico, político o de la cultura consumista imperante en el régimen capitalista que organiza la sociedad mundial. A modo de ejemplo veamos la pandemia por el coronavirus, que es resultado del modo de explotación y saqueo que afecta a la humanidad y al orden natural, es decir, derivado de la cultura humana contemporánea y de las formas políticas que definen la gestión de la cotidianeidad, más allá de cualquier disputa en los gobiernos. No es distinto si pensamos en términos de “cambio climático” e inoperancia de las cumbres globales. Por eso en variadas ocasiones aludimos a la necesidad de pensar en términos alternativos al orden vigente, y con ello, a resolver la construcción de una estrategia colectiva que articule la diversidad de reivindicaciones sociales expresadas por múltiples grupos sociales y políticos. Esta realidad nos lleva a considerar de manera didáctica dos planos del análisis, que, por cierto, son inseparables. Uno estructural, de crítica al capitalismo y a la organización económica de la sociedad. Dicho de otro modo, a la crítica de la Economía Política. El otro, de carácter coyuntural, asentado en la crítica a la gestión del capitalismo y a las propuestas que apunten a resolver en lo inmediato demandas sociales, que al tiempo que satisfacen necesidades urgentes, se encaminen en dirección a resolver la cuestión de fondo, estructural. Por eso, nuestra prédica está siempre asociada al encadenamiento de lo uno con lo otro. No hay solución antinflacionaria sin afectar el orden social, el régimen de propiedad, altamente concentrado de los medios de producción; ni hay solución a la pobreza sin afectar a la riqueza y su fuente de generación: la explotación y el saqueo de los bienes comunes. Entonces, ¿cómo balancear el 2021? Hace un año se pensaba en términos de pos-pandemia, algo muy alejado de la realidad, más aún cuando el COVID19 profundizó la desigualdad, las miserias humanas y aceleró los problemas ambientales en el ámbito mundial. El 2021 supuso crecimiento, pero desigual, con recuperación de la ganancia y no de los ingresos populares, sean salarios, jubilaciones o planes sociales. Es algo verificable en todos los países del mundo. Grandes laboratorios farmacéuticos y transnacionales diversas aprovecharon la intervención estatal, emisión de dinero y de deuda mediante, para subsidiar políticas públicas de restablecimiento del orden capitalista. La especulación financiera y la economía del delito acompañó, por lo que no sorprende el acrecentamiento de la deuda en el plano mundial, o del presupuesto militar de EEUU, en tiempos en que la demanda es por mayor gasto social. La vuelta de la inflación en buena parte del planeta es prueba de la desigualdad, ya que los precios acrecentados, especialmente de alimentos y combustibles, suponen mejoras en la apropiación del ingreso socialmente generado por una minoría propietaria en condiciones de imponer precios. No ocurre lo mismo con la mayoría de la sociedad que vive de la venta de la fuerza de trabajo, condicionada además por un deterioro de las formas de organización y defensa de los ingresos populares, especialmente del sindicalismo. En el caso argentino, el balance incluye el condicionante del endeudamiento externo público, especialmente con el FMI. Entre septiembre y diciembre del 2021 se cancelaron las dos primeras cuotas del FMI por casi 3.800 millones de dólares, que buen podrían haberse usado para tender demandas de la coyuntura y que apunten en sentido de cambios estructurales, atendiendo problemas de empleo, alimentación, salud, educación, vivienda, entre otros. ¿Qué esperar? Dependerá de las iniciativas políticas de quienes pretenden consolidar el orden existente y de quienes busquen nuevos rumbos para la sociedad, en continuidad con las experiencias históricas asumidas para confrontar con el orden capitalista. Es evidente que no es sencillo, incluso, las revisiones de las experiencias señalan que no existe síntesis y que el “ensayo” continúa siendo el camino, especialmente en aquellos países que se asumen en una perspectiva anticapitalista. En el mismo sentido se inscriben las prácticas socioeconómicas de autogestión y cooperación que en el capitalismo, conscientemente confrontan con el orden y la lógica del capital, del mismo modo que se expresan articulaciones políticas para disputar sentido social. La iniciativa del poder es política, cultural, social y económica, impulsando reformas reaccionarias, caso de las “laborales” y “previsionales”, pero especialmente disputando consenso en la sociedad, relativo a que no hay otro camino posible, en donde la hegemonía comunicacional de medios altamente concentrados resulta clave. La “cultura” de que la gestión privada de la producción de riqueza es inevitable, está asociada a la máxima de que “sin inversión privada capitalista no hay producción de riqueza, de empleo o de salario”. Hasta el cansancio diremos que el CAPITAL es TRABAJO acumulado y por ende, lo que crea riqueza es el trabajo en su accionar sobre la naturaleza, sobre los bienes comunes. Repitamos con los clásicos de la economía que el padre de la riqueza es el trabajo y la madre la naturaleza. A esa iniciativa ideológica y política se le debe contraponer otra, de sentido inverso, de los sectores subalternos, explotados, por reivindicaciones inmediatas y cambios profundos. Con la convicción del trabajo como creador de la riqueza en su accionar sobre los bienes comunes, es importante desplegar todas las luchas por la apropiación del excedente económico, al tiempo que se disputa el modelo productivo y de desarrollo, contra la explotación de la fuerza de trabajo y el saqueo de los bienes comunes. Por eso la crítica al orden económico social, expresión de la crítica de la Economía Política, deberá estar asociada a la exacerbación por la lucha en defensa de los intereses de la mayoría afectada contra la política económica del poder, por medidas de política económica, de distribución del ingreso y de la riqueza, que apunten a resolver las demandas inmediatas y a la vez confluyan con aquellas reivindicaciones profundas por un cambio social. Esas iniciativas confrontadas son manifestación de la lucha de clases en nuestro tiempo, que es objetiva, y que trasciende cualquier parecer en particular. Ello convoca a mayores articulaciones de variados movimientos y sectores sociales, políticos y culturales críticos del orden vigente, que en el camino construyan un ideario colectivo sobre el futuro deseado. Ese imaginario es parte de la historia de búsqueda por superar al orden capitalista y patriarcal. Habrá que seguir estudiando que nos dejó la propuesta esbozada en los meses de la Comuna de París; en las décadas de la revolución rusa y la deriva de la URSS y el campo socialista; como en todas las experiencias a nombre del socialismo, de China a Vietnam, y especialmente en el continente, a Cuba, con las caracterizaciones y especificidades de cada una de ellas. En cada país se procesa ese análisis en la dinámica de luchas diversas, en defensa del medio ambiente y contra el modelo productivo y de desarrollo extractivista de exportación y concentración; de las luchas por la igualdad de género y diversidades, en contra las discriminaciones y múltiples formas que asume el racismo. Bien vale en este cruce de años, entre 2021 y 2022 pensar la historia de los imaginarios alternativos, para junto a definir la ausencia de alternativa política con capacidad de transformar el sentido común, poder avanzar en cambios profundos en contra y más allá del capitalismo. Buenos Aires, 31 de diciembre de 2021

Trasladar la Capital y transformar la sociedad

La capitalización de la Ciudad de Buenos Aires en 1880 es contemporánea del origen de un modelo productivo y de desarrollo sustentado en el predominio del capital externo y la concentración de la gran propiedad terrateniente. Se alude al modelo agroexportador sustentado en el poder territorial de la oligarquía y las inversiones externas, especialmente inglesas en ferrocarriles, frigoríficos y la banca. Se trata de un proceso desplegado por medio siglo hasta la industrialización sustitutiva de importaciones en la década de 1920/30, que trajo cambios económicos, culturales, sociales y políticos y que, sin embargo, sobre la base de recurrentes golpes entre 1930 y 1976 se disputó el sostenimiento en el bloque de poder de aquellos sujetos hegemónicos en el modelo oligárquico agro exportador. A ese bloque se incorporó una burguesía local, incluso con la pretensión de un imposible “capitalismo nacional”. El intento transformador presente en las luchas populares, con horizonte por el socialismo, de fines de los sesenta y comienzos de los setenta habilitó como respuesta represiva el último recurso restaurador a mano de la dictadura genocida (1976-1983), y con ello a potenciar un proceso aún presente en la Argentina, de carácter des-igualador en las condiciones socioeconómicos, con profundización de la dependencia y subordinación a la transnacionalización económica. De ese origen dictatorial es el legado actual resultante de sucesivas y reaccionarias reformas de la relación entre el capital y el trabajo, incluidas como “novedosas propuestas” en todo programa actual de restauración de un imaginario de expansión de las relaciones capitalistas en el país. Del mismo modo ocurrieron las sucesivas invocaciones a profundizar las mutaciones en la función del Estado, inauguradas en los noventa del siglo pasado con las privatizaciones de las empresas públicas, las concesiones (a punto de vencer en materia de energía), las descentralizaciones y las invocaciones a recurrentes achiques del gasto público (social). Ese es el marco de la inserción subordinada de la Argentina en la lógica de la mundialización operada por las políticas hegemónicas de libre mercado, libre cambio o libre competencia, mediadas por los institutos jurídicos de los “tratados de libre comercio” o los “bilaterales en defensa de las inversiones”, todos estimulados por el orden mundial y las instituciones al estilo de la Organización Mundial del Comercio, OMC. Relocalizar la Capital En el primer ciclo de vigencia constitucional y ahora, reaparece el tema de la mudanza de la “Capital” del país federal, lo que permite un debate sobre bajo qué condiciones de producción y con qué sujetos desplegar un orden nuevo en la economía, la política, la cultura y la sociedad. Mucho se debate en la coyuntura sobre los problemas de la crisis local por años, remontando el problema a la dinámica de construcción históricamente desplegada bajo las condiciones de los cambios globales en el marco de la posguerra mundial, es decir, 1945. Se asocia el fenómeno a la emergencia del peronismo, obviando lo mencionado previamente sobre el carácter restaurador del ciclo golpista desde 1930 y sostenido hasta 1976, incluso recreado en este tiempo constitucional en los noventa y más recientemente entre 2015 y 2019. El “liberalismo” acusa al “populismo” de los males argentinos, asumiendo así una campaña ideológica sobre una acusación imprecisa con la nominación “populista”, escamoteando el tema de fondo que es la recomposición del poder concentrado en un núcleo de grandes capitales locales y externos. Relocalizar la Capital supone discutir el modelo productivo y de desarrollo, es decir, la forma específica de ser capitalista de la Argentina. Vale recuperar un antiguo apotegma que nos remite a “lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer”. Es lo que se discutía en la gran acumulación de poder popular a fines de los 60 y comienzos de los 70. La inspiración de la revolución cubana, incluso la experiencia chilena estaba en el horizonte de la búsqueda de la estrategia de poder del pueblo para la transformación en contra del capitalismo y por el socialismo. Es la dominación en el origen del desarrollo capitalista la que frena cualquier proceso de renovación productiva con impacto cultural, social y político. La asignatura pendiente como legado de aquel ciclo en la Argentina es transformar el orden capitalista. En rigor, la disputa histórica está en la construcción del sujeto hegemónico en el bloque de poder, lo que supone un imaginario de modelo productivo y de desarrollo en perspectiva. La crisis en curso, en el marco de incertidumbres y debates globales que se procesan a fines del 2021, hace necesario pensar en la construcción de algunas líneas que sustenten mutaciones profundas de la organización productiva en el país. En ese sentido, es bueno recuperar que toda producción tiene base en la Naturaleza y el trabajo humano, en la tierra en toda su dimensión y en la fuerza transformadora del trabajo humano. El vasto territorio y la baja densidad poblacional, excluida la gran metrópolis que contiene a la actual Ciudad Capital, amerita pensar en desarrollos de varios polos territoriales para una producción y circulación alternativa, que construyan la posibilidad de radicación de la nueva ciudad federal. Supone ello la relocalización poblacional con acceso a tierras productivas, que organicen el proceso de producción y circulación de manera comunitaria y autogestionaria, con la asistencia financiera, técnica y profesional del sistema universitario y de ciencia y técnica, que articule la producción y circulación de bienes y servicios para la satisfacción de las necesidades socioeconómicos, incluso la posibilidad de planificar la generación de excedentes para la exportación. Apuntamos a una profunda reforma agraria y urbana que revolucione el presente del país. Imposible pensar ese proceso sin la activa participación pública y un amplio protagonismo de los sujetos involucrados en el diseño y ejecución de la propuesta. Recursos Me dirán que se requieren recursos para esa tarea y sí, los mismos pueden surgir de la utilización de parte de las reservas internacionales, las que no deberán utilizarse para cancelar deudas en stock, mucho menos aquellas que según una minuciosa auditoria con participación popular definan el carácter odioso, ilegitimo o ilegal, caso de las que hoy se negocian con el FMI. En simultáneo se requiere un nuevo régimen tributario y financiero que sustente la nueva estrategia de desarrollo productivo. Esta propuesta de nuevo modelo productivo y de desarrollo a construir socialmente es la base para pensar en nuevas radicaciones de una ciudad Capital del país. Las reivindicaciones de innumerables sujetos desposeídos por el orden contemporáneo constituyen la base para otorgar corporeidad a las ideas suscitadas, con un horizonte de soberanía alimentaria, energética, financiera que hoy puebla el imaginario social en las disputas cotidianas. El problema es el orden capitalista y es lo que se necesita discutir y disputar, tal como sostienen distintos proyectos que pueblan un imaginario transformador pero desarticulados, sin perspectiva de un horizonte de unidad para la disputa del sentido común por el socialismo. Buenos Aires, 26 de diciembre de 2021

Las luchas populares y los proyectos estratégicos de transformación social

Las recientes elecciones en Chile motivaron interesantes debates, sin síntesis posibles. Cada análisis parte de una combinación de supuestos y perspectivas irreconciliables. ¿Es posible ir en contra y más allá del capitalismo? Es el interrogante que motiva mis reflexiones desde hace tiempo. A propósito del resultado electoral chileno señalé en redes al día siguiente: “Gabriel Boric será Presidente de Chile por la movilización social electoral de ayer 19/12/2021. Una movilización antecedida de otras: a) por una Constituyente con pretensión plurinacional, en pleno desarrollo y con expectativas importantes para revertir el atraso y la derechización pinochetista; b) otras previas, en octubre del 2019 y, la rebelión de los "pingüinos" del 2011. El eje y el futuro para analizar la coyuntura chilena y regional está en la organización y la lucha popular.” El mensaje trajo polémica y es que cada quien lee según sus propios pareceres o, si se quiere, se opina sobre la base de “prejuicios”, anticipando, tal cual, o profecía reformista o revolucionaria. En el centro de mi opinión está el proceso de “organización y lucha”, en este caso, del pueblo chileno, pero extensible al ámbito mundial en el marco de las condiciones de la lucha de clases en la coyuntura. Si quieren, la experiencia reciente en Argentina, del pueblo de Chubut, que obligó a “derogar” La ley minera a menos de una semana de aprobada por la Legislatura local; igual que lo ocurrido en Mendoza, en diciembre del 2019, sobre el uso del agua para la mega minería a cielo abierto. El pueblo movilizado en torno a reivindicaciones construidas colectivamente puede modificar la realidad, aun cuando no se avance en transformaciones estratégicas. No es menor decir que No es No. Ese camino puede conducir a rumbos estratégicos, que no son producto de un solo acontecimiento y menos de elucubraciones individuales, aisladas del accionar colectivo. La realidad es como es, no como quisiéramos, por eso es imprescindible potenciar las luchas para transformar la realidad. Se trata de pensar que los proyectos estratégicos surgen de acumulaciones de luchas populares, de sujetos que se construyen en la lucha. El Manifiesto empezaba aludiendo al “fantasma del comunismo”, que no era otro que el proletariado en lucha constituyéndose como sujeto histórico de las transformaciones en contra y más allá del capitalismo. ¿Qué coyuntura? La coyuntura a que remito es larga, por cierto, se remonta a 1973, como fecha símbolo del inicio de la contraofensiva del “capital contra el trabajo, la naturaleza y la sociedad”, para restaurar la dinámica de explotación y saqueo que sustenta al orden capitalista en crisis. Sin muchas precisiones intelectuales, se denomina a este tiempo el de la hegemonía “neoliberal” del orden capitalista, que no es más que la recreación de la “liberalización” más radicalizada impulsada por los capitales trasnacionales más concentrados. No olvidar que el libre cambio (libre comercio, libre competencia) fue la voz inicial del régimen del capital. La mercantilización y la ley del valor y el plusvalor en el origen y desarrollo del capitalismo, aun hoy. La coyuntura se aceleró entre 1989 y 1991, con la ruptura de la bipolaridad y el fuera de juego del “socialismo” en el imaginario popular mundial. La alternativa anticapitalista quedó en off-side. Apunto al “imaginario social” construido desde 1848 y al Manifiesto, con todas las derivas históricas que conocemos, de procesos revolucionarios con el objetivo de la transición del capitalismo al socialismo, una asignatura pendiente que convoca a la praxis imaginativa de la lucha y la organización popular alternativa. El cambio de siglo vino con novedades de cambio político y emergencias de propuestas estratégicas de transformación social, muchas de las cuales remiten al territorio latinoamericano y caribeño. Del “caracazo” al levantamiento “zapatista”; del Presupuesto Participativo al Foro Social Mundial; de la pueblada argentina del 2001 a las movilizaciones populares recientes de Chile, Haití o Colombia, en estos años, junto al empecinamiento histórico de la revolución cubana. Solo bajo esas condiciones de luchas masivas por tres décadas es que se recrearon propuestas estratégicas por el socialismo, del “Siglo XXI”, “comunitario” o las propuestas de recreación temporal por transformaciones civilizatoria inspiradas en el “vivir bien” o el “buen vivir” que recogen las nuevas Constituciones de Bolivia o Ecuador. La ofensiva capitalista liberalizadora nos conduce al presente de convergencia de problemas sanitarios y económico sociales, con mayor desigualdad y un ostensible privilegio a la ganancia por encima de la satisfacción de amplias necesidades sociales. El reseteo del capitalismo es proyecto de los que dominan, para lo que reestructuran las relaciones entre el capital y el trabajo, en desmedro de los ingresos populares; resignifican el lugar del Estado capitalista en el sostenimiento de los objetivos por la ganancia y la acumulación y, propenden a sustentar una juridicidad favorable al movimiento internacional de capitales. Objetivos estratégicos Sobran los diagnósticos al respecto, y el problema es la alternativa o los rumbos estratégicos que animan la voluntad colectiva de lucha reivindicativa, por derechos democráticos (alimentación, educación, salud, vivienda, recreación, entre otros), y aquellos que definen la revolución, contra la explotación de la fuerza de trabajo y el saqueo de los bienes comunes, contra la subsunción del trabajo, la naturaleza y la sociedad en el capital. La experiencia de los pueblos es lo que vale, en la construcción de una subjetividad transformadora, revolucionaria, que sea síntesis de una conciencia colectiva que asuma la demanda de derechos como programa por las transformaciones; que en el camino construya los instrumentos políticos adecuados para hacer realidad el imaginario por una sociedad sustentada en la emancipación de las trabajadoras, los trabajadores y los pueblos. Nuestra historia está abierta a los debates, sustentados en luchas cotidianas por reconstruir rumbos estratégicos, en la perspectiva de transformación social profunda por la liberación de los pueblos y la defensa del planeta y el hábitat. Buenos Aires, 21 de diciembre de 2021