Los cambios estructurales y el imaginario colectivo a propósito de las elecciones en BRASIL

La elección brasileña confirma el momento de disputa de los imaginarios colectivos, con nuevas mayorías electorales favorables a proyectos a la derecha del arco político, funcional a la lógica de política exterior estadounidense. Remito a procesos electorales recientes en Chile, Costa Rica, Bolivia, Colombia, Perú y ahora Brasil, que aun Lula revirtiendo en segunda vuelta el resultado, la acumulación de la derecha en gobernaciones y en las cámaras legislativas consolidan un poder integrado en la institucionalidad brasileña de la derecha. Hasta ahí el fenómeno electoral reciente, pero que en términos estructurales o si se quiere, civilizatorios, nos convocan a reflexionar sobre los cambios operados en el capitalismo local y global para explicar el giro en las preferencias electorales en la mayoría de los países. Aludimos a un proceso en desarrollo, incluso de búsquedas de un rumbo epocal. Proceso porque en general, los oficialismos ceden a oposiciones que en general son transitorias, con un anhelo de cambio que va más allá de una simplificación entre derechas e izquierdas. Hace medio siglo y bajo dictaduras genocidas se impuso el rumbo liberal, “neo”, ante la recidiva de un proyecto de liberalización que debe buscarse un siglo atrás. La crítica a esos procesos instaló proyectos desarrollistas, también “neo”, buscando replicar procesos imposibles de décadas pasadas, entre los ´50 y los ´70 del siglo XX. Más allá de los procesos electorales, la revolución mexicana instaló un imaginario por la reforma agraria y, por ende, una discusión sobre la tierra, en tanto medio de producción y de vida esencial para millones de personas asociadas a una cultura de vida de tradición previa al capitalismo. Era un proceso, el mexicano en la segunda década del siglo pasado, en un tiempo en donde el horizonte socialista se instalaría con fuerza desde 1917 y más aún desde 1945, que constituyó en realidad el desafío de la revolución cubana desde 1959 y el ascenso a la presidencia de Allende en Chile de 1971. La discusión estaba entre rumbo socialista o capitalista y por eso no es menor reflexionar sobre que cambió en medio siglo. Es más, ese debate estaba mediado por una tercera posición, que, sin ser equidistante, permitía transiciones derivadas de las especificidades nacionales, contradictorias, por cierto. Javier Milei insiste toda vez que puede que el objetivo es la batalla cultural en contra del socialismo y a favor del capitalismo. ¿Qué cambió en estos años? La política de industrialización sustitutiva de importaciones, generalizada en la región latinoamericana y caribeña hacia mediados de la centuria pasada, mutó en el último cuarto del siglo pasado y se consolida en esta tercera década del siglo XXI hacia un modelo “primario exportador” en el sur de América y en una lógica “productiva de ensamble” en la región norte, especialmente para México. Ese modelo productivo impacta regresivamente en la lógica de la distribución y el desarrollo, agigantando una característica regional en la desigualdad. América latina y el caribe, sin ser el territorio de mayor pobreza mundial, si es el de mayor desigualdad. Es una situación que significa el deterioro en la “ciudadanización” de la población, que se explicita en la pérdida de derechos económicos y sociales, afectando a la “democracia” realmente existente. La marginación social está estrechamente vinculada a la precarización laboral y salarial derivada de la ofensiva del capital sobre el trabajo, al tiempo que se desplegaron políticas en contra de derechos colectivos que impactaron regresivamente en la organización social, sindical, territorial, popular. El privilegio a las exportaciones estimula la baja del costo laboral, por ende, de salarios y beneficios sociales de la mayoría trabajadora de la población, acompañado de políticas fiscales de austeridad con disminución de las asignaciones presupuestarias para atender derechos históricamente conquistados. Por eso, no solo cambió la relación entre el capital y el trabajo, sino que se orientó regresivamente la intervención estatal en beneficio de la tasa de ganancia y la acumulación capitalista, subordinando la dinámica económica al proceso de internacionalización de la producción y la transnacionalización del capital. Son las condiciones de posibilidad para facilitar la dominación de la estrategia de las potencias hegemónicas, especialmente de EEUU bajo gestión Trump. Estos cambios en la relación capital trabajo, en la orientación estatal y en las relaciones internacionales, fueron facilitadas por un trabajo cultural, ideológico político, sustentado por medios y redes de comunicación, que hacen parte sustancial de la lógica capitalista contemporánea. El capitalismo no es solo “economía”, es la integralidad de la vida cotidiana, es cuerpo y alma, es un todo. ¿Es posible otro rumbo? La resistencia a esa iniciativa política que lleva medio siglo demoró la consolidación de una hegemonía de derecha para liderar un nuevo rumbo civilizatorio en la región, que como sostenemos era el propósito esencial del terrorismo estatal en los 60/70. Ahora pareciera que cosechan los frutos de un trabajo sobre la conciencia social, que algunos definen como “despolitización” y que prefiero nominar como “otra” politización, más orientada a la lógica “individualista”, precisamente en un tiempo de inmensa socialización de la producción en tiempos de digitalización e innovaciones gigantescas de la tecnología. Quizá el problema sea de “estrategia” de la iniciativa política de las clases subalternas. Una hipótesis apunta a que los objetivos críticos y de propuesta alternativas solo miran hacia atrás, queriendo replicar en el presente fórmulas que en el pasado funcionaron, o perecieron funcionar, cuando los nuevos tiempos sugieren la innovación en propuestas que trasciendan al capitalismo y entusiasmen a la población en otro orden de vida y de relación con la naturaleza. Ello supone discutir qué producir, cómo hacerlo y para quien, es decir, como distribuir socialmente el producto social del trabajo, sin afectar, además, la reproducción natural, que hoy está afectada por un productivismo que no respeta ni la vida social ni la natural. ¿Cierra Brasil las expectativas de otro mundo posible o nos convoca a nuevas formas de organización económica, social, productiva, política para soñar con el “otro mundo posible”, una consigna que emergió con fuerza en Porto Alegre en 2001? La vida sigue y cada proceso social incorpora novedades que deben servirnos para no cristalizar conclusiones “finalistas”. No hay fin de la historia, solo búsquedas que sumen los pueblos con sus tiempos, con ensayos que deben motorizar la creatividad para encontrar los caminos de una humanización contra la explotación y el saqueo, con respeto a la reproducción social y natural. Buenos Aires, 5 de octubre de 2026

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