Nota publicada en Página12 ¿Vuelve la inflación en EEUU? en: https://www.pagina12.com.ar/342243-vuelve-la-inflacion-a-los-ee-uu

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¿Vuelve la inflación a EEUU?

Por Julio C. Gambina[1]

Saltó la vos de alarma con el registro de suba de precios para abril del presente año. El dato informado es del 0,8% mensual, que anualizado supone una aceleración de precios al 4,2%. Una alarma se enciende, aunque es un resultado previsible que la Reserva Federal (FED) viene anunciando desde agosto del 2020, cuando su titular, Jerome Powell, anunció el fin de una política de cuatro décadas de combate a la “estanflación”. Esa política, inaugurada en la gestión de Ronald Reagan, iniciaba el tiempo de las políticas neoliberales en EEUU, y de hecho en el ámbito mundial, especialmente con la ruptura de la bipolaridad al comienzo de la década del 90. La FED anticipaba la crisis de las políticas neoliberales que hoy se reconocen en los diagnósticos de los organismos internacionales y los principales analistas de la economía mundial.

Junto con la inflación, la gran preocupación en la FED es el “el empleo”, que viene muy por detrás del rebote económico de la segunda mitad del 2020 y del 2021. Podemos leer en el sitio de la FED una opinión autorizada señalando que “…después de observar los detalles del decepcionante informe de empleo del viernes, las perspectivas a corto plazo para el mercado laboral parecen ser más inciertas que las perspectivas para la actividad económica. El empleo permanece 8.2 millones por debajo de su pico pre pandémico, y la tasa de desempleo real ajustada por participación está más cerca del 8.9…”. Sostiene el directivo de la FED que “Al ritmo reciente de aumento de la nómina (aproximadamente 500.000 por mes durante los últimos tres meses), se necesitaría hasta agosto de 2022 para restaurar el empleo a su nivel anterior a la pandemia.” Destaca que “Las lecturas sobre la inflación año tras año han aumentado recientemente y es probable que aumenten algo más antes de moderarse a finales de este año.” Agrega que la FED sostiene el objetivo del 2%, reconociendo la volatilidad en el mediano plazo hacia el 2023.[2]

Al mismo tiempo, a comienzos de mes, el titular de la FED señaló: “Si bien la recuperación está cobrando fuerza, ha sido más lenta para quienes tienen trabajos peor pagados: casi el 20 por ciento de los trabajadores que estaban en el cuartil de ingresos más bajo en febrero de 2020 no estaban empleados un año después, en comparación con el 6 por ciento de los trabajadores en el cuartil más alto.” Luego anticipa resultados de una investigación en curso, enfatizando que “…para los adultos en edad productiva sin una licenciatura, el 20 por ciento registró despidos en 2020 frente al 12 por ciento de los trabajadores con educación universitaria.” Agrega que “más del 20 por ciento de los trabajadores negros e hispanos en edad de trabajar fueron despedidos en comparación con el 14 por ciento de los trabajadores blancos durante el mismo período.” En el discurso señala el mayor perjuicio para las pymes con propietarios de origen asiático, negros e hispanos; destacando el mayor perjuicio para las mujeres negras e hispanas.[3]

La presión inflacionaria en EEUU hace previsible la suba de las tasas de interés, algo que preocupa a los países endeudados, pero también a las empresas y familias más allá de ese país, ya que los préstamos fueron obtenidos a tasas variables. Hay que verificar que, en simultáneo a la pandemia, la deuda de países, familias y empresas creció de manera importante y los cambios en la situación económica estadounidense afecta a una creciente población fuertemente endeudada en el mundo. Con la suba de precios se debilita el dólar y el proceso de valorización financiera de las empresas tecnológicas, a la cabeza de los beneficios y la valorización de capitales en el mercado global. El impacto afecta al mercado financiero y enciende alarmas sobre potenciales explosiones de la burbuja financiera sostenida con inmensa emisión monetaria y de deuda pública de los principales países del capitalismo desarrollado. Al tiempo que se debilita el dólar, suben los precios internacionales de las materias primas, caso del trigo, la soja, el maíz, o el petróleo, lo que es leído con entusiasmo por los países productores y exportadores, claro que al mismo tiempo alimenta ingresos concentrados con destino especulativo en el ahorro de divisas, induciendo nuevas burbujas y estimulando procesos inflacionarios que se propagan en el ámbito mundial.

Buenos Aires, 13 de mayo de 2021



[1] Doctor en ciencias Sociales de la UBA. Profesor titular de Economía Política en la UNR. Integra la Junta Directiva de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA

[2] Richard H. Clarida, Vicepresidente de la FED. “Perspectivas económicas y política monetaria de EE. UU.”, 12 de mayo de 2021. En el "Simposio Internacional NABE: Una Visión de la Economía Post COVID", Washington, DC (vía webcast), en: https://www.federalreserve.gov/newsevents/speech/clarida20210512a.htm

[3] Jerome H. Powell, Presidente de la FED. En la "Conferencia de Economía Justa de 2021" patrocinada por la Coalición Nacional de Reinversión Comunitaria, Washington, DC (vía webcast), 03 de mayo de 2021, en: https://www.federalreserve.gov/newsevents/speech/powell20210503a.htm


Lenguaje e ideología en Economía Política

 

Es normal que el lenguaje vaya cambiando, incluso que a ciertos procesos se los vuelva a nominar, según la hegemonía o el interés de cada momento.

De hecho, la disciplina científica, surgió como Economía Política para luego mutar con la eliminación del apellido, más cercana a definir una técnica de negocios que una ciencia social.

Allá por los 50/70 del siglo pasado se instaló un debate en torno a la categoría asignada a los países que no definían el rumbo del orden económico.

Se discutía el “desarrollo”, más precisamente el “desarrollo capitalista”, en confrontación con las nuevas expectativas inspiradas en la revolución rusa y el surgimiento del bloque socialista luego de 1945.

En el fondo, luego de la segunda guerra y hacia mitad del siglo, instalada la bipolaridad del sistema mundial, aparecerá una caracterización que situaba a los países dentro de un mundo o de otro, incluso en una tercera posición, que se orientaba hacia el primero o el segundo mundo. Hoy perdió sentido la nominación por el “tercer mundo”.

América Latina y el Caribe fue territorio de privilegio de esas discusiones, especialmente con la emergencia de la revolución cubana desde 1959. Es un proceso que también aparecerá en Asia con la revolución china de 1949 y en África, especialmente bajo el fenómeno de la descolonización.

El debate se concentraba en si eran países “atrasados”, “subdesarrollados”, “en vías de desarrollo”, “en desarrollo” o “dependientes”. Detrás de esas nominaciones se desplegaban concepciones teóricas.

No era lo mismo en la teoría del desarrollo, superar la situación siguiendo las recetas de los países “desarrollados”, sustentadas por Rostow y su “modelo de crecimiento”; que encarar otra estrategia para satisfacer las necesidades históricas de los pueblos.

Es más, parte del debate se centrará en que crecimiento no es lo mismo que desarrollo y se habilitarán nuevas categorías, como la del “desarrollo integrado”, que además del crecimiento suponía satisfacción de necesidades sociales integrales para el conjunto de la población.

Se trataba de una propuesta convergente con una lógica keynesiana de resolver la demanda de inversoras/es (ganancias) y de trabajadoras/es (salarios), propuesta favorecida por el Estado del bienestar (seguridad social y gratuidad en salud, educación y otros derechos).

Rostow promoverá su modelo de crecimiento, inspirador de la lógica desarrollista del capitalismo atrasado, siguiendo el ejemplo superador de etapas históricas por las que había transcurrido la historia económica de los países capitalistas avanzados.

La crítica no se hizo esperar y desde diferentes corrientes de pensamiento confrontaron la tesis sustentada.

Por un lado, se destaca la tesis del estructuralismo, desde la CEPAL, liderada por Raúl Prebisch y la concepción de Centro y Periferia, en el sentido que unos existen por la razón de la forma de existencia de los otros.

Desde otro lugar, los teóricos de la dependencia, que en sus variantes y en polémica sostenían que aún con dependencia podía existir desarrollo capitalista (Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto) y quienes fundamentaban desde el marxismo que el capitalismo perpetuaba la condición de la dependencia (Theotonio dos Santos, Vania Bambirra, Rui Mauro Marini, Orlando Caputo, entre otros).

Las distintas caracterizaciones suponían estrategias sobre el devenir, en el marco del capitalismo o en contra y más allá del régimen del capital. Eran los debates de los 60/70 con cierto trasfondo de conflicto social y lucha relativa al orden social en cada país, en la región y en el mundo.

Neoliberales y emergentes

Aquel tiempo trocó en la ofensiva capitalista inaugurada con las dictaduras genocidas de los setenta. Con ellas se inauguró la época del neoliberalismo y el aliento a la libre circulación y al movimiento de capitales internacionales. La transnacionalización es la nota del momento histórico contemporáneo.

El lenguaje cambió y ya no se discutirá en la clave de los 50/70, sino que aparecerá la categoría de “países emergentes”.

Se trata de una denominación, por lo menos confusa, definida por grandes inversores internacionales. Para ellos, estos países emergen como destino de las inversiones internacionales. La ganancia del inversor está en el centro de la preocupación.

Así, entre los principales emergentes figuraran China, India, Brasil; países con numerosa población empobrecida y salarios bajos; baratos para la radicación de inversiones productivas.

Las estadísticas señalan que con las “modernizaciones” del último medio siglo, la orientación de las inversiones directas privilegiaron aquellos países (mercados) que emergían.

Por eso creció mucho y se industrializo China, hasta ser recientemente calificada como primera productora fabril mundial; disputando hegemonía a EEUU, quien sigue siendo potencia hegemónica en el sistema mundial por el peso del dólar, el poder militar e ideológico, vía Hollywood o de las nuevas plataformas del entretenimiento, entre ellas, Netflix.

Antes se decía país atrasado, subdesarrollado, en desarrollo, o dependiente; todo un debate entre los 50 y los 70; con consecuencias más que interesantes relativas a estrategias subordinadas al imperialismo, o alternativas, incluso insurgentes.

Lo que definía las estrategias políticas eran la continuidad bajo el desarrollo capitalista o la posibilidad de la independencia y un desarrollo alternativo al capitalismo.

En el presente, bajo la denominación de “emergentes”, todo se reduce a la captación de inversores externos, lo que requiere ofrecer ventajas a esos inversores. Los inversores buscan reducir el costo de producción, especialmente el laboral. Por ello la presión en curso por reformas laborales o previsionales.

Definir como emergentes a los países, supone reducirlos a captores de capitales en busca de rentabilidad. Es un endulzante, no solo del lenguaje; sino una licuación de una caracterización histórica para superar la dependencia y el capitalismo, que aleja cualquier perspectiva de emancipación.

Buenos Aires, 15 de mayo de 2021

¿Qué política económica para la Argentina?

Está abierta la interna del frente en el gobierno, nada menos que en el área de la economía. Se discute al ministro, pero especialmente la política económica, el qué hacer, con las tarifas, con la deuda y las reservas, con la inflación, la pobreza y la desigualdad. Incluso, el problema está en cómo seguir y si privilegiar la disputa del consenso de los sectores populares o acordar con el poder, en especial con el FMI. De hecho, la oposición mayoritaria, de derecha (macrista), también cuestiona la orientación, del mismo modo y en el mismo sentido que los sectores más concentrados del poder económico. Estos protestaron oportunamente por el impuesto a las grandes fortunas y obvio, pusieron el grito en el cielo y opusieron resistencia en las calles cuando reaparecieron las retenciones al comercio exterior o cuando se habló de expropiar a Vicentin.

También comienza a subir la voz de la crítica social por el impacto regresivo del ajuste sobre los ingresos populares (salarios, jubilaciones, planes sociales) en un marco de suba de precios muy alejado de la contención ilusoria del presupuesto oficial. Lo real es que el consenso popular tambalea ante expectativas no satisfechas, más aún con organizaciones sindicales y sociales que contienen la conflictividad. Es el caso de la insuficiente actualización del salario mínimo vital y móvil, muy alejado de las necesidades de ingresos adecuados, y avalado por las centrales sindicales asociadas al proyecto gobernante. Pero también en la inducción a no movilizarse a organizaciones populares que demandan alimentos o ingresos, con el argumento de la pandemia. Hay una importante presión por incrementar el “gasto covid” ante la continuidad de la emergencia sanitaria y económica.

Se trata de un debate interesante que remite a la continuidad estructural del orden económico social o a su transformación, que no solo alude a la distribución del ingreso o de la riqueza, sino a la reestructuración de las relaciones sociales de producción, afectando el régimen de propiedad de los medios de producción y del poder. La discusión trasciende las motivaciones al interior del gobierno y las oposiciones diversas, y aparece como una necesidad política social en tiempos de emergencia sanitaria, económica, incluso civilizatoria que afecta a la humanidad. Nuestro tiempo convoca a recrear expectativas por soluciones de la vida social y natural, amenazadas por el régimen de explotación y saqueo con eje en la ganancia y la acumulación para la dominación de pocas/os sobre muchas/os. Al mismo tiempo, la perspectiva debe trascender lo inmediato reivindicativo y convoca a pensar sobre lo estructural del orden económico y social.

La palabra ministerial al comienzo de la gestión era “tranquilizar la economía”, lo que suponía “arreglar” en principio el problema de la deuda pública y la concentración de vencimientos hacia el 2023. De ningún modo resolverlo, sino negociarlo, o sea, postergar los vencimientos hasta después del mandato. Un tema dificultado ahora, especialmente con el FMI, indispuesto a resignar condicionamientos y plazos de recupero de su “odioso” préstamo del 2018, nada menos que por 45.000 millones de dólares. La negociación se imaginaba para generar condiciones que contuvieran la inflación elevada y retomar la senda del crecimiento económico. Claro que no se trataba de modificar estructuralmente el modelo productivo y de desarrollo históricamente construido en las últimas décadas. Ni la inflación ni el crecimiento está resuelto, menos la satisfacción de necesidades postergadas de sectores vulnerables, que involucra a la mitad de la población.

No solo por efecto de la pandemia, la “tranquilidad” no solo se esfumó, sino que desapareció del léxico ministerial, que ahora recibe fuego de la propia trinchera oficial. Hay rebote de la economía, sí, pero insuficiente para recuperar la caída económica del 2020 y lo acumulado en tres de los cuatro años del gobierno Macri. Además, la perspectiva a futuro supone una ralentización de la evolución económica, en rigor, un diagnóstico de los organismos internacionales para la economía local, regional y mundial. Por eso preocupa la situación de pobreza que sufre la mitad de la población, agravada para los menores. No llama la atención y resulta lógico ese resultado luego de caída de los ingresos populares, la precariedad laboral incentivada por el “trabajo remoto” o “a distancia”, lo que agrava la condición laboral de pobres y especialmente de las mujeres.

Alimentos y empleo como prioridad

Es grave la evolución de los precios, especialmente sobre alimentos, motorizado por la suba de los precios internacionales de exportación, ahora del maíz, pero muy especialmente por la disputa de poder y apropiación de riqueza socialmente generada de las transnacionales que dominan el modelo productivo del agro negocio de exportación. Toda la estructura de poder es base sustancial del aumento de precios en el país. No se logra contener la voracidad del poder económico en tanto no se modifica una política que consolida un modelo de producción que inserta de manera subordinada a la Argentina en la lógica de la transnacionalización y la extranjerización. Los grandes perdedores se consolidan entre la mayoría de la población empobrecida, la que transfiere de manera recurrente ingresos a la cúpula concentrada del empresariado privado.

La necesidad política apunta a una orientación a contramano de la lógica estructural construida desde 1975/76, que explica el orden económico actual de la sociedad argentina. La deuda pública es un eje condicionante en ese sentido, por lo que, sin denunciar el carácter ilegal, ilegitimo y odioso, especialmente de aquella contraída con el FMI, será imposible superar las trabas existentes que impiden soluciones sociales extendidas. Por eso debe impulsarse la suspensión de los pagos de la deuda al tiempo que se organiza una auditoria con participación popular para dictaminar sobre la legitimidad o no de la deuda. Es una asignatura pendiente del tiempo constitucional, que nunca abordó a fondo el problema y solo atinó a postergar soluciones, y con ello, sostener una continuidad en la cancelación de intereses y capitales, restando capacidad de atender la necesidad social.

Ese es el punto de partida, y en simultáneo, se debe encarar una solución al problema del hambre, con fuentes de empleo y mecanismos autogestionarios de producción y circulación, con acceso a la tierra y a la necesaria asistencia tecnológica y financiera para modificar sustancialmente el modelo productivo. Se requieren propuestas de fondo, a contramano de una lógica económica que profundiza la desigualdad y por ello, desandar lo construido por décadas y levantar una propuesta de soberanía, alimentaria, energética, financiera, con privilegio a resolver las insatisfacciones sociales. En ese camino se debió aprovechar el vencimiento de la licitación del río Paraná, mal llamado “hidrovía”, como punta de partida de una reestructuración productiva que ponga fin a las privatizaciones de los noventa del siglo pasado y repiense el modo de producción en el país.

Se trata de revertir una lógica productiva construida en el último cuarto del siglo XX, Consenso de Washington mediante en los noventa, y recreado en parte importante de la conciencia social como “sentido común”, desarrollado desde los medios de comunicación. Hay que atender el fenómeno que explica en todo el ámbito mundial el crecimiento de la propuesta política de la derecha.

La polémica de estas horas atraviesa al frente en el gobierno y más allá, en el marco de pandemia, de la crisis ambiental y una sensación que “algo debe cambiarse” para no agotar la vida social y natural, con el eje en resolver las más amplias necesidades sociales de la población. Hace falta un debate sobre el rumbo, con precisión de objetivos socioeconómicos para frenar el retroceso social construido por décadas. En definitiva, un proceso de construcción de política y subjetividad de carácter alternativo.

Buenos Aires, 8 de mayo de 2021

¿Quién debe financiar al Estado?

 

El presidente de EEUU habilitó un debate sobre el financiamiento del Estado al presentar en el Congreso de su país el "Plan de Familias Estadounidenses", con un costo de 1,8 billones de dólares.

La salud y la educación aparecen privilegiados en el discurso, tanto como la recuperación del empleo. Aunque vale señalar que todo se argumenta en función de retomar el liderazgo mundial, desafiado por China, por lo que importa el crecimiento económico, el restablecimiento del empleo y la capacidad de acción del Estado estadounidense.

Por ello, discutir el financiamiento estatal resulta estratégico, especialmente si se analizan los objetivos de cada Estado Nación.

Resulta de interés leer con detenimiento el discurso sobre el estado de la Nación ante el Congreso, a 100 días de su mandato, porque Biden explicita la crisis heredada, no solo por el COVID, y el problema que supone para EEUU la amenaza sobre el liderazgo internacional.

En ese marco es que pone en primer lugar la disputa del consenso interno de la población para intentar recomponer el imaginario colectivo que le permita a EEUU disputar la primacía mundial.

Por eso, existe un mensaje directo hacia China, pero también hacia Rusia, Irán o Corea y con ello, la justificación del gasto y el despliegue militar, tanto como el involucramiento del país en los debates contemporáneos, especialmente el cambio climático.

Si para Trump la consigna el “América Primero”, para Biden es “EEUU está de vuelta”. La pretensión imperial se desnuda con toda crudeza en el discurso presidencial ante el Congreso.

Todos esos propósitos requieren de financiamiento y no solo se trata de cheques para alimentos o alquiler, jardines maternales, escuelas, universidades o hospitales, sino para sustentar la hegemonía en el sistema mundial.

El interrogante es la fuente del financiamiento, y aun cuando es conocido el crecimiento de la emisión monetaria y de la deuda pública, Biden se concentró en el régimen tributario.

Señaló que “podemos hacerlo sin aumentar el déficit”, que no impondrá “ningún aumento de impuestos a las personas que ganan menos de 400.000 dólares. Pero es hora de que las empresas estadounidenses y el 1 % más acaudalado de los estadounidenses empiecen a pagar su parte justa. Sólo su parte justa.”[1]

Es una definición contundente en réplica al discurso y práctica de reducción de impuestos a los más ricos instaurado por la gestión republicana de Trump.

Al mismo tiempo denunció la elevada evasión impositiva del capital más concentrado, indicando que “Un estudio reciente muestra que 55 de las mayores corporaciones del país no pagaron impuestos federales el año pasado. Esas 55 corporaciones obtuvieron más de 40.000 millones de dólares de ganancias.”

El mensaje denuncia la evasión de impuestos en “paraísos fiscales en Suiza, Bermudas y las Islas Caimán”, obviando, claro está, los propios instalados en territorio estadounidense.

Desde esa argumentación sustentó la necesidad de “reformar el impuesto de sociedades para que paguen lo que les corresponde y ayuden a pagar las inversiones públicas”. Para ello se propone elevar la carga tributaria del “1 % de los estadounidenses más acaudalados, los que ganan más de 400.000 dólares o más, hasta donde estaba cuando George W. Bush era presidente, cuando empezó, el 39,6 %.”

Agregó que “sólo vamos a afectar a tres décimos del 1 % de todos los estadounidenses.”

Polemizó con el relato que enuncia que con la baja de impuestos a los más ricos se “generaría un gran crecimiento económico”, para luego enfatizar que ello desfinanció al Estado agravando el déficit fiscal y solo sirvió para “una enorme ganancia inesperada para las corporaciones estadounidenses y los que están en la cima.”

Ejemplificó sus dichos con la referencia de que “los directores ejecutivos ganan 320 veces lo que gana el trabajador medio de su empresa”, cuando antes estaba por debajo de 100. Señaló que “La pandemia sólo ha empeorado las cosas. 20 millones de estadounidenses perdieron su empleo” y en contrapartida “650 personas aumentaron su riqueza en más de 1 billón de dólares durante esta pandemia. Y ahora tienen más de 4 billones de dólares.”

Interesante escuchar de boca del titular del ejecutivo estadounidense que el gasto fiscal debe sustentarse con aportes de los más ricos. Es algo que debiera instalarse en el debate de los países con menor desarrollo relativo, remisos a gravar la renta del capital concentrado.

Es importante destacar que no se trata de resolver las inequidades del mundo actual, sino de sustentar las bases materiales y de conciencia social estadounidense para mantener la hegemonía y la dominación en el capitalismo contemporáneo.

Por eso, resulta de interés el reciente análisis de Michael Roberts[2], marxista británico, quien describe el aumento de la desigualdad, no solo de ingresos, sino que es aún mayor en términos de distribución de la riqueza.

Al respecto destaca que “El 1% más rico de los hogares estadounidenses ahora posee el 53% de todas las acciones y fondos mutuos en poder de los hogares estadounidenses. ¡El 10% más rico posee el 87%! La mitad de los hogares estadounidenses tienen poco o ningún activo financiero; de hecho, están endeudados. Y esa desigualdad ha ido en aumento en los últimos 30 años.”

Sostiene Michael Roberts que el tema se agrava en las naciones más pobres del mundo. Ejemplifica con Sudáfrica, en donde la situación empeoró desde el fin del régimen del apartheid. “Hoy en día, el 10% superior posee aproximadamente el 85% de la riqueza total y el 0,1% superior posee cerca de un tercio.”

Claro que el problema, dice Roberts, más que los impuestos a la renta o a la riqueza, la cuestión de fondo continúa siendo “la concentración de los medios de producción y las finanzas en manos de unos pocos” y concluye que “debido a que esa estructura de propiedad permanece intacta, cualquier aumento de los impuestos sobre la riqueza no llegará a cambiar irreversiblemente la distribución de la riqueza y la renta en las sociedades modernas.”

Como indicamos al comienzo, Biden habilita un debate sobre quién debe financiar al Estado, al tiempo que nos invita a discutir medidas de fondo para socializar la riqueza producida colectivamente por el trabajo social.

Buenos Aires, 4 de mayo de 2021

 



[1] La Casa Blanca. Declaraciones del Presidente Biden Durante Sesión Conjunta del Congreso, 29 DE ABRIL DE 2021, en: https://www.whitehouse.gov/es/prensa/discursos-presidenciales/2021/04/29/declaraciones-del-presidente-biden-durante-sesion-conjunta-del-congreso/

[2] Michael Roberts. “Desigualdad de Riqueza” del 2 de mayo del 2021, en: https://thenextrecession.wordpress.com/

¿La mano invisible o la intervención estatal?

Interesante debate se transitó en una reunión virtual de ministros del Mercosur el pasado lunes 26. La polémica la protagonizaron los titulares de Economía de Argentina y de Brasil. Se trató de un debate teórico y político que trasciende la preocupación relativa a la institucionalidad del Mercosur y se proyecta sobre el orden cotidiano. El tema es que Paulo Guedes, en defensa de la liberalización de la economía, aludió en su intervención a Adam Smith y a la “mano invisible” como organizador de la actividad económica. La respuesta de Martín Guzmán no se hizo esperar y en tono académico respondió “que la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”. La réplica del ministro de Brasil se sustentó como criterio de verdad en que más de la mitad de los “Premios Nobel” obtenidos fueron para economistas referenciados en la Escuela de Chicago, obviando la caracterización de la entidad que ofrece los galardones.

Hay que recordar que desde 1969 se otorga el premio del “Banco de Suecia en homenaje a Nobel”, intentando un símil a los galardones otorgados por la Fundación Nobel desde 1901. Tal como sostiene el ministro del Brasil, por abrumadora mayoría fueron beneficiados por el Banco de Suecia, referentes de la corriente principal en la disciplina, o sea, neo-clásicos o liberales y entre ellos destacan los ortodoxos. Solo en momentos muy especiales de crisis económica mundial, recibieron los galardones referentes de la heterodoxia. A modo de ejemplo puede citarse en plena crisis del 2001 estadounidense, a Joseph Stiglitz, con quien trabajó Guzmán en el equipo de investigación de la Universidad de Columbia en Nueva York hasta su designación en el Ministerio de Economía de la Argentina. Stiglitz es conocido como ex directivo del Banco Mundial y crítico de los organismos internacionales y las políticas de ajuste ortodoxo. Últimamente se lo ve cercano al Papa Francisco y convergen en visiones críticas del orden hegemónico, con especial dedicación en el tema del endeudamiento externo, asunto al que se asoció Guzmán como investigador y ahora como funcionario del gobierno argentino. También fue premiado por los banqueros suecos en 2008 el estadounidense Paul Krugman, columnista del “demócrata” New York Times. El año de la premiación remite al apogeo de la gran crisis desplegada entre 2007 y 2009, la que aun condiciona la perspectiva de recuperación de la economía mundial. Ni en 2001, ni en 2008 se podía premiar a ortodoxos y por eso era el tiempo de premiación de la heterodoxia.

Ambos contendientes, Guedes y Guzmán, expresan un debate actual en el sistema mundial, entre quienes pretenden recuperar al orden capitalista desde una lógica sustentada en la ortodoxia liberal, y aquellos que imaginan superar el momento actual retomando tiempos de reformas progresivas. Los primeros actúan y piensan con una orientación favorable al régimen de la ganancia y las aspiraciones del sector privado concentrado de la economía, por lo que sustentan políticas de “libre mercado”. Los segundos imaginan un escenario de reformas progresistas desde la “intervención estatal”, reiterando en esta tercera década del Siglo XXI las condiciones que estaban presentes hace un siglo. Eran aquellos, tiempos de desafío al orden capitalista desde la Rusia soviética, que provocaba un imaginario social a la ofensiva de la conciencia social crítica y anticapitalista. Esa situación hoy no existe, por eso, junto a la irrealidad de la liberalización sustentada por derecha, existen dudas sobre la posibilidad de ejecutar reformas progresivas en el orden contemporáneo.

Lo que no está en el horizonte del Banco de Suecia y menos en el debate entre los funcionarios del Mercosur es la posibilidad de un enfoque teórico en contra y más allá del capitalismo.

Sentido y destino de la integración

No es ocioso el debate de las posiciones sustentadas por los ministros, que de alguna manera recoge la discusión protagonizada hace un mes entre el Presidente uruguayo y el argentino. En aquella ocasión, en un cónclave conmemorativo de los treinta años de la creación del Mercosur (1991-2021), Lacalle Pou, titular del ejecutivo uruguayo, sustentó la necesidad de abrir la institución y sus integrantes a las variadas formas de la liberalización económica. Fernández, gobernante de la Argentina, replicó con dureza en su calidad de Presidente pro tempore de Mercosur, invitando a retirarse a quienes no comulguen con las decisiones compartidas.

La polémica sobre el sentido y destino del Mercosur y de la integración regional está sobre la mesa de discusión. El tema es que Brasil y su Ministro, o el Uruguay y su Presidente, expresan políticas económicas de liberalización del orden económico. Sustentan un discurso con base en un diagnóstico y propuestas en dónde el eje se asienta en la liberalización y por ende, privilegian el mercado. Desde la Argentina, el Ministro y el Presidente, parten de la crítica a la orientación del gobierno anterior de Mauricio Macri, de orientación liberalizadora, entre 2015 y 2019, y sustentan un imaginario de corte desarrollista, o si se quiere, neo-desarrollista.

Más allá de la polémica y las especificidades de los gobiernos de Brasil y de Argentina, por lo menos desde el 2003, con sintonía ideológica y política (Lula y Dilma, con Kirchner y Cristina Fernández), hasta el desembarco por elecciones de gobiernos de derecha en ambos países (Macri y Bolsonaro), lo real es un desarrollo asociado a los límites estructurales de la economía en la región latinoamericana y caribeña. Sin perjuicio de los discursos, lo que se despliega es el orden capitalista con predominio en ambos países de un modelo productivo asociado al agro negocio y la producción primaria de exportación, en donde la hegemonía es detentada por el capital transnacional más concentrado, los que impulsan una lógica liberalizadora que impregna los procesos de integración.

Resulta de interés recuperar el momento histórico de surgimiento del Mercosur, cuando hacia 1991 estaba en pleno apogeo la propuesta neoliberal, potenciada en nuestros territorios por el llamado Consenso de Washington, de estímulo a la iniciativa privada, la liberalización y la apertura de las economías. Solo las condiciones políticas derivadas de la lucha popular y su expresión en gobiernos con discursos críticos a la hegemonía neoliberal hicieron posible ciertas y relativas adecuaciones a la institucionalidad del Mercosur y su concepción originaria de integración subordinada. Ahora, con otras condiciones políticas, más afines al clima político de comienzos de los noventa, los debates sobre la integración y el papel del Mercosur retoman los objetivos originarios de libre comercio.

La discusión de fondo es sobre el arancel externo y la potencialidad de cada país para suscribir acuerdos de libre comercio. Es una concepción hegemónica por décadas, tributaria de la Iniciativa para las Américas promovida por Bush padre en 1990 y recreada como ALCA entre 1994 y 2005, incluso las iniciativas de las Cumbres de Presidentes Iberoamericanos desde 1991, cuya última versión se acaba de realizar, de modo virtual, bajo la presidencia de Andorra. Sea desde EEUU o desde España, puerta de ingreso a Europa, la preocupación es por la subordinación de los bienes comunes de la región a la dominación capitalista y su disputa en el sistema mundial. En rigor, en los últimos años quien apura acuerdos económicos en la zona es China, lo que evidencia la importancia de la América Latina y el Caribe, desafiada a encontrar caminos propios de integración no dependiente ni subordinada a la lógica de la ganancia.

Cuba y el intento de ir más allá

La CEPAL insiste es que estamos a punto de vivir una nueva década perdida en toda la región, memorando la de los años ochenta del siglo pasado. Sin perjuicio de ello, la UNCTAD pone de manifiesto que hace por lo menos una década que la región no está en la mira de inversores externos, motores de la inversión y el crecimiento económico, base de cualquier posibilidad de distribución del ingreso o la riqueza según el ideario capitalista.

Hace años, los transcurridos desde los tempranos setenta del siglo pasado, que la discusión está contenida en la visión “liberal” o la “neo-desarrollista”, por lo menos en gran parte de los procesos nacionales. La excepción ha sido Cuba y su experiencia por el socialismo desde hace sesenta años (1961-2021), la que se entusiasmó con las novedades que trajo el nuevo siglo en materia de recreación de proyectos en contra y más allá del capitalismo. En estos días, Cuba reafirmó el rumbo por el socialismo en el VIII° Congreso del PC, con las expectativas de acompañamiento en otros países de la región.

Resulta de interés el debate, porque no solo existe “mercado” o “estado”, en tanto que ambas constituyen relaciones sociales y, por lo tanto, vale incluir una interrogación sobre el tipo de mercado o de estado. No es lo mismo la relación mercantil asentada en el lucro derivado de la producción y circulación capitalista, que en un sistema de relaciones mercantiles asumidas desde los bienes de uso y no de cambio. En el mismo sentido opera el debate sobre el estado. Una cosa es la institución de sustento a la lógica del capital, de la explotación y del saqueo, que aquella que asuma un estado para la transición del capitalismo hacia otro rumbo, el socialista o si se quiere en la lógica de algunas constituciones recientes, las que sustentan sociedades del “buen vivir” o el del “vivir bien”.

Hay que seguir los debates de la calle, la prensa y en el gobierno de Cuba con relación a estos temas. ¿Qué tipo de relaciones monetario-mercantiles son las que deben impulsarse en la Cuba actual? ¿Cuál es la función del estado en estos momentos de cambio económico y reordenamiento monetario? ¿Cuál es el espacio para la autogestión y protagonismo de los sujetos concretos en el proceso de producción y circulación de la economía cubana? Las respuestas son diversas, de quienes imaginan un fuerte estímulo a la iniciativa privada, incluidos sectores estratégicos, hasta quienes, con base en algunas experiencias concretas impulsan la mejora de la productividad sustentada en la cooperación y la autogestión.

Es un debate abierto el que existe en Cuba y vale la pena seguirlo de cerca porque es la experiencia regional que en condiciones adversas intenta la construcción de un proyecto de transformación social en condiciones de bloqueo. Solo hay que constatar que el proyecto socialista cubano se formuló en asociación con un bloque que sostenía ese rumbo por treinta años, entre 1961 y 1991. Eran tiempos de bipolaridad del sistema mundial, facilitando expectativas de cambios. Desarticulado el bloque socialista, el camino tortuoso de Cuba, entre 1991 y 2021, se despliega en la búsqueda de una dinámica de la lucha de clases global que pueda restablecer una contraofensiva por la emancipación social. Por eso, la vista está puesta en la dinámica interna y la que acontece en todo el mundo.

Por ello es que tiene sentido el debate sobre el “mercado” y la función del “estado”. En la polémica que inicia esta nota está el rumbo del capitalismo ante la emergencia sanitaria y económica, y al traer a Cuba a la discusión, pretendemos instalar la potencia de un discurso y una propuesta para imaginar una sociedad en contra y más allá del capitalismo.

Buenos Aires, 28 de abril de 2021