El golpe a Venezuela desnuda los objetivos de política exterior de Trump

La intervención estadounidense sobre Venezuela el pasado 3 de enero y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores expresan la ofensiva de Donald Trump y su equipo para sostener una estrategia política al interior de EEUU y en el sistema mundial. En efecto, al interior crecen las dificultades económicas y políticas que dificultan el consenso electoral del medio turno en 2026. Sea por la suba de precios en la canasta de consumo cotidiano, el bajo crecimiento económico, como el impacto negativo de la represión a inmigrantes, agravada con el asesinato reciente a sangre fría de una mujer, junto a la difusión de información que asocia al presidente estadounidense con el sonado caso de explotación sexual de Epstein. Incluso, respecto de Venezuela no existe consenso masivo, ni del sistema político ni de la sociedad. Respecto del sistema mundial, está claro que EEUU intenta en este turno de gobierno recrear los mecanismos de dominación mundial, asentando su poder de base en el continente americano. Así lo afirma en su documento sobre seguridad difundido en noviembre del 2025. La región latinoamericana y caribeña resulta esencial para la estrategia de dominación global, por eso, no solo Venezuela, sino Colombia y México, y claro, especialmente Cuba. En ese marco se inscribe su objetivo por hacerse del control de Groenlandia. El propósito apunta a subordinar aún más a Europa y especialmente, intentar cerrar el camino a la inserción de China y sus aliados en la región. Una tarea compleja, casi imposible, derivada del creciente desarrollo de las fuerzas productivas en China, que le disputan a EEUU el proceso de producción y circulación económico en el ámbito global. La revolución objetada Venezuela es la expresión del intento más destacado de cambio del rumbo que el capitalismo imaginaba para la última década del siglo XX. El derrumbe soviético pronosticó el “fin de la historia y del socialismo”, vociferando el triunfo capitalista contra cualquier intento alternativo en contra del régimen del capital. La liberalización de las relaciones económicas fue la política oficial del gran capital, en contra del trabajo, de la naturaleza y de la sociedad. Ese fue el programa del Consenso de Washington (CW) en los ´90 del pasado siglo. Las luchas populares desde el caracazo a la asunción presidencial de Hugo Chávez, marcan una década de estímulo a variadas luchas en el continente que habilitan un tiempo de cambio político en toda la región, que con el involucramiento de Cuba habilitan la recreación de la perspectiva por el socialismo, del “siglo XXI” o “comunitario”, incluso propuestas del “vivir bien” o el “buen vivir”, junto a propuestas de economía comunitaria y autogestionaria, o formas comunales de ejercicio de la participación popular en la toma de decisiones sobre la construcción social imaginada. Fueron muchas las innovaciones institucionales (CELAC, UNASUR, Integración no subordinada, etc.) y simbólicas para reconstruir la subjetividad social consciente y un programa favorable al cambio social, entre ellos el anticolonialismo, el anticapitalismo y el antiimperialismo, claro que matizados según sea la acumulación de fuerzas en cada país y que proyecto político se imponía como hegemónico. Los acuerdos de Venezuela y Cuba a fines del 2004 (ALBA) radicalizaron la perspectiva por el socialismo, alternativa a quienes mantenían expectativas sustentadas en “reformas por la distribución” en el marco del capitalismo. El antiguo dilema de “reforma o revolución” poblaba los debates políticos e intelectuales. Una nueva experiencia por la revolución tenía que frenarse antes de su extensión. Por eso los golpes de nuevo tipo, en Honduras, Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú, junto a nuevas propuestas con sustento electoral de la derecha, con aval explícito de EEUU. No había fin de la historia y la lucha de clases se manifestaba desde Caracas a Chiapas, de Bolivia al Sur del continente y se generaron condiciones de posibilidad para recuperar un horizonte de “patria grande”. Ese proyecto político debía ser frenado, por lo que se desplegó una fortísima iniciativa política de las burguesías locales y los grandes capitales que diputan la plusvalía generado en nuestros países. Entre el aliento a programas reaccionarios de la ultraderecha y los límites del progresismo se organizó la dinámica de “guerra económica” para desestabilizar la orientación anticapitalista en Venezuela, sí, pero con el objetivo de ir por Cuba. Lo esencial sigue siendo la disputa del poder Mucho se discute sobre el acontecimiento del 3 de enero y sus consecuencias en la región, en EEUU y en el ámbito mundial, ya que no puede analizarse la ilegal acción estadounidense en un marco de crisis capitalista. Lo que está en discusión es el orden mundial, en desorden desde el momento que se instalaron “sanciones unilaterales” emanadas desde Washington y aceptadas por la hegemonía del orden capitalista surgido luego de 1945. Ese orden está en discusión e interesa discernir sobre una perspectiva alternativa en contra del capitalismo. Desde mediados del siglo XIX ese programa era la revolución por el socialismo, con experiencias que acumularon en ese derrotero hasta la desarticulación de la URSS. La región latinoamericana y caribeña generó expectativas de transformaciones revolucionarias a comienzos del siglo XXI, con novedades respecto de lo acontecido en la tradición por la revolución socialista. La expectativa también se asienta en el Sahel, en África y en las luchas de los pueblos de todo el mundo. Es un tiempo de recreación de la teoría y práctica de la revolución, asumiendo la experiencia previa y renovando la crítica al capitalismo en función de los cambios acaecidos en las relaciones de explotación y saqueo que propicia el gran capital transnacional concentrado. Se trata de mantener una estrategia de acumulación de poder popular, que aparece en las nuevas formas de sindicalización y organización de trabajadoras y trabajadores que hacen parte de la irregularidad en el empleo, articulando con variadas formas de organización y lucha de la población que vive de la venta de su fuerza de trabajo y que organiza la reproducción cotidiana más allá de la hegemonía del orden mercantil monetario y la ley del valor. Aludimos a variadas formas de lucha en defensa de las reivindicaciones del movimiento de trabajadoras/es, de las luchas ambientales en contra de la devastación sistémica del capitalismo, como contra toda forma de discriminación y racismo. Lo definitivo en nuestro tiempo es la organización y lucha popular en la construcción de una estrategia de poder en contra y más allá del capitalismo. 9 de enero de 2026

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